Ensemble unis

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Imagen: Judith Ana Uta Ebulabaté

Lucila Rodríguez-Alarcón

Columnista y profesora de universidad

Las migraciones no solo son naturales, sino que son la base de todas las culturas. El avance cultural y social se consigue a través de intercambios.

Por Lucila Rodríguez-Alarcón. El pasado miércoles 7 de abril veía la luz la primera revista digital de España creada y gestionada por periodistas refugiados. Baynana, que en árabe significa entre nosotros, está escrita en árabe y castellano y es el resultado de dos años de trabajo de cuatro jóvenes sirios que durante siete años se jugaron la vida en su país para contar al mundo lo que estaba sucediendo en la guerra de Siria. El objetivo de Baynana es facilitar el acceso a información veraz y de calidad a las personas arabófonas de nuestro país. En su web se puede encontrar desde información práctica sobre procesos administrativos hasta historias de actualidad contadas desde un marco cultural propio. Pero Baynana es mucho más que una revista: es un caso de éxito de integración comunitaria y pasión por el periodismo. Cuando un colectivo de personas que provienen de diferentes continentes, en este caso de África, Asia, Europa y América, se une, se escucha y se quiere, surgen proyectos tan fuertes y tan bellos como este. Es la magia de la diversidad y el amor.

Recuerdo la primera vez que vi a los chicos. Me resultaron seres extraños, no sabría decir por qué. Durante mucho tiempo pensé que eran su estética o sus gestos, menos occidentales de lo habitual. Ahora me doy cuenta de que posiblemente fuera su aura, esa energía indescriptible que transmitimos los seres humanos y no somos capaces de identificar conscientemente. Fuera lo que fuera, los percibí como extraños. En un arrebato de simpatía y buena voluntad me abalancé sobre ellos para besarles en las dos mejillas, como es habitual en España. Recuerdo la sensación de perplejidad que me produjo su reacción de rechazo: ?perdón, nosotros no damos besos, solo damos la mano?. Empezamos con una gran distancia y nunca imaginé que esos chicos morochos y tan ?aparentemente? diferentes de mí acabarían siendo mi familia. Ahora cuando los miro ya no veo algo abstracto: veo a Ayham, Moussa, Muha y Okba enteros, preciosos, generosos. Me encanta de ellos lo que al principio me sorprendió. Ahora nos abrazamos, con cuidado y con respeto, sabiendo que ese espacio entre la mano y el beso es el término medio que tanto equilibrio nos proporciona. Yo estoy intentando aprender a bailar dabka y en algún momento quiero empezar con el árabe, que al principio me sonaba algo fuerte y ahora me suena familiar.

Estos cuatro jóvenes sirios llegaron a España en una maniobra de evacuación sin precedentes llevada a cabo por el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés), que en 2019 extrajo a una treintena de periodistas sirios que estaban amenazados de muerte por cubrir la guerra en su país. Aterrizaron por casualidad en la Fundación por Causa de periodismo e investigación sobre migraciones que dirijo. El CPJ buscaba un espacio en el que los chicos pudieran seguir trabajando como periodistas. Ante la negativa de acogerles de la mayoría de los medios basados en Madrid, nosotros ofrecimos lo que teníamos: una oficina y el buen ambiente de un sitio donde la mayoría de las personas son voluntarias.

El primer año y medio fue muy complicado. Aprender el idioma fue el primer paso, entender la cultura el segundo, hacer papeles, encontrar piso, buscar un empleo? Todo eso llegó después. En todo este proceso ellos crecieron, pero las personas que los recibimos, sin duda, crecimos mucho más. Esta relación nos ayudó a distinguir con más claridad las cosas importantes y las nimias, a valorar lo que tenemos, los privilegios de tener a nuestra familia cerca y a salvo, o de contar con un sistema de apoyo social, que existe y funciona, aunque cuente con muchas deficiencias en algunos casos.

En estos tiempos, hacer periodismo en Occidente es casi un deporte de riesgo. La precarización de los medios, la sobrecarga informativa y el ambiente polarizado son las bases sobre las que los periodistas se ven obligados a construir. Sin embargo, no hay límite para la voluntad humana. Y sin duda hacía falta una revista como Baynana. La visión de la comunidad árabe y de la migración en general está absolutamente denostada en los medios nacionales y no se corresponde con las realidades que viven aquellas personas que comparten espacios de vida. Como explica perfectamente Mouhammed Subat, hay muchas más historias positivas que negativas. Por eso hay que hablar de cosas que pasan en el día a día y salirse de los reportajes de sucesos. Narrar historias ?que le pasan a todo el mundo, da igual si has nacido aquí o no, y también hablar de lo que nos une: tenemos una cultura y tradiciones comunes, queremos explorar esta parte en común, que quienes lean esta revista se sientan reflejados porque sepan que quienes escriben han pasado por lo mismo que ellos?.

Las migraciones no solo son naturales, sino que son la base de todas las culturas. El avance cultural y social se consigue a través de intercambios. La digitalización de la comunicación ha ayudado sin duda, pero no hay nada comparable a la convivencia cuando se aplica generosidad, humildad y fraternidad. Esta reflexión no es nueva, es tan antigua como nuestra civilización. Pero parece que últimamente se está olvidando. Por eso, productos como Bayana son tan importantes. Sirven para recordarnos de dónde venimos y ayudarnos a decidir mejor a dónde queremos ir.

Para poder seguir haciendo periodismo, Baynana ha lanzado una campaña de crowfunding con la que se puede colaborar en Goteo hasta el 16 de junio. Es otra preciosa forma de ser parte de algo tan bonito.

Lucila Rodríguez-Alarcón es directora general de la Fundación por Causa de periodismo e investigación.

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