Namibia y los herero

Namibia y los herero
Desfile en la fiesta de los herero. Imagen: Artículo Octavio Utrera

Enclavado en el suroeste de África y a orillas del océano Atlántico se sitúa un país, muy singular por sus geografías física y humana, denominado desde su independencia como Namibia.

Su especificidad paisajística se manifiesta a poco de salir de su capital, Windhoek, en lugares como Skeleton Coast, dramática costa desolada que conforma gran parte de su fachada; Sossusvlei, sucesión de dunas, las más altas del mundo, en cuyos cauces secos perviven árboles fosilisados; Fish River Canyon, espectacular cañón de sinuosos meandros, o Etosha National Park, hogar de numerosas especies de la fauna salvaje de la sabana.

A la par con la territorial, los contrastes de la variedad antrópica son muy constatables. Así, grosso modo, se puede hablar de tres grandes grupos raciales, reforzada esta realidad por muchos decenios de legislación alemana y, sobre todo, sudafricana, a saber, africanos, blancos y coloureds.

Los blancos, siete por ciento de la población, se componen de afrikáners, provenientes de holandeses, alemanes y franceses; alemanes, descendientes de los primeros colonizadores; británicos, llegados de Gran Bretaña y Sudáfrica, y portugueses, desplazados desde la vecina Angola.

Los coloureds, diez por ciento del total, son producto del mestizaje, fundamentalmente, de blancos con khoi khoi u hotentotes, población aborigen de El Cabo y anterior a las grandes migraciones bantúes desde el centro de África, y con esclavos procedentes de Indonesia, Sri Lanka, Madagascar y África Occidental. Conforman este grupo humano dos etnias con personalidades propias: los baster, colonos llegados a mediados del siglo XIX de Sudáfrica, y los coloureds propiamente dichos, emigrantes, igualmente arribados desde el sur, a los que se ha añadido mestizaje local, más urbanos y abigarrados.

Los africanos, ochenta y tres por ciento restante, están conformados por varios grupos étnicos. Ovambos, la mitad del total, asentados en el norte; kavangos, expertos tallistas de la madera; hereros, distribuidos por el centro-norte, incluye a los tradicionalistas himbas; damaras, de enigmático origen desde África Occidental; namas -hotentotes- y san -bosquimanos-, ambos ancestrales pobladores de todo el sur del continente; caprivians, varias “tribus” emparentadas con Zambia, y tswanas, mayoritarios en la vecina Botsuana.

Emulando a Miriam Makeba, xhosa, cuando en el Festival Panafricano, antes de comenzar a cantar “U Shaka”, declaró «… Sudáfrica la componen varios grupos, el más noble de todos es el zulu…». Me atrevo a resaltar la nobleza de una etnia singular, que sufrió el primer genocidio del siglo XX.

RESILIENTES Y ORGULLOSOS

Cada último fin de semana del mes de agosto, desde el año 1923, se celebra en Okahandja, pequeña ciudad a setenta y dos kilómetros de la capital, el otjiserandu, esto es, la fiesta de reafirmación u orgullo de los hereros.

Fue aquel año cuando fue traído desde la vecina Botsuana, donde se refugió al amparo británico de la persecución de los alemanes, el cadáver del jefe Samuel Maharero. Su tumba y la de los reyes anteriores y posteriores a él son objeto de profunda veneración y agradecimiento por su pueblo, que conmemora su gesta y la de otros muchos que cayeron en defensa de su ganado y sus pastizales, así como haber sobrevivido como etnia frente a la orden del jefe del destacamento alemán, Von Trotha, responsable del exterminio del pueblo herero.

Desde sus zonas habituales de residencia, convergen estos dos días en esta, su capital histórica y sentimental. Ataviados los hombres con viejos uniformes militares, las mujeres lucen sus tradicionales  vestidos de inspiración victoriana, con largas y abultadas faldas – el ohorokova– y su inconfundible tocado – el otjikaiva-, como suelen vestir todo el año, pero que, en esta fiesta, ha de ser uniforme, es decir, corpiños siempre negros, pero falda y turbante rojos si pertenecen a la región principal – ovahereros de Okahandja-, verdes sin son de la región oriental –ovambanderus– y blancos si provienen de la occidental –ovahereros de Omaruru-.

Un vistoso cortejo, abierto por hombres a caballo con toda una marcial parafernalia de banderas y enseñas, presidido por el actual rey, seguidos por cuadrillas de jóvenes, meticulosamente organizados desde niños en grupos o cofradías, cerrando la marcha las mujeres, con sus fascinantes vestidos, en sucesivas oleadas cromáticas, creando una atmósfera aristocrática de anacrónica elegancia.

Artículo redactado por Octavio Utrera.

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