Egipto tres lustros después de la Primavera Árabe: autoritarismo, megalomanía y tensiones socioeconómicas

El Cairo y el río Nilo. ©AdobeStock
El Cairo y el río Nilo. ©AdobeStock

Antonio Navarro Armuedo

Once años después de su llegada a la presidencia, la “Segunda República” de Abdelfatah al Sisi se enfrenta a las consecuencias de la represión de las libertades, la pobreza y acuciantes retos demográficos, sociales y medioambientales

A punto de cumplirse quince años de los hechos revolucionarios que pasaron a la historia como la Primavera Árabe y que, en Egipto, adoptaron un especial simbolismo y significación en la revuelta que tomó como centro la plaza Tahrir de El Cairo, el país más poblado del mundo árabe se parece hoy poco a lo que soñó la generación que protagonizó aquellos días fulgurantes de enero de 2011.

Tres lustros después y tras la tumultuosa experiencia en el poder de la Hermandad Musulmana —que sucedió a la celebración de las primeras elecciones libres en la historia egipcia—, la dictadura de Hosni Mubarak ha sido sustituida por otro régimen de corte autoritario, presidido desde el año 2014 por Abdelfatah al Sisi —la “Segunda República”, en su propia denominación—, en el que se siguen sin respetar los derechos y las libertades básicas. A pesar de contar con el segundo PIB del continente africano, Egipto, con sus casi 110 millones de habitantes, continúa siendo un país de rentas bajas, con enormes desigualdades y crecientes tensiones sociales.

Al Sisi: poder personal y megalomanía

Doce años después de su irrupción triunfal en la escena política tras un golpe de Estado, Al Sisi ha sido capaz de consolidar su poder gracias al apoyo de las Fuerzas Armadas y del aparato de seguridad e inteligencia. Las elecciones, tanto las presidenciales como las legislativas celebradas recientemente, son meros trámites, pues la oposición carece de los espacios de participación necesarios para concurrir en igualdad de oportunidades.

Para lograr la estabilidad del régimen, Al Sisi emplea “una mezcla de represión y medidas paliativas, como ayudas para los pobres, pero estas no se traducen en consensos, teniendo en cuenta los severos recortes en el gasto social llevados a cabo y la falta de voluntad a la hora de emprender el tipo de reformas que ampliarían la participación económica, el ahorro y la producción más allá de las actividades y sectores controlados por el Estado”, explicaba en un artículo el pasado mes de mayo el especialista en estudios de Oriente Medio del think tank Carnegie Endowment for International Peace, Yezid Sayigh.

Defiende el presidente egipcio que su misión es la modernización del país y de su economía, pero hasta ahora su mayor logro ha sido consolidar un capitalismo de Estado que compromete la función redistributiva de las administraciones, característica desde 1952. Egipto depende de las importaciones para garantizar las necesidades básicas de la población, y sus reservas de divisas proceden fundamentalmente del turismo, el tráfico en el canal de Suez y las remesas de los egipcios que residen en el exterior.

“El régimen ha tratado de reducir su vulnerabilidad política al ampliar de manera selectiva en los últimos años el círculo de quienes se benefician del patrocinio del Estado, pero ello solo agrava sus necesidades financieras”, concluye Sayigh. Hace menos de dos años, la inyección de miles de millones de dólares procedentes del FMI, el Banco Mundial y la UE, así como inversiones masivas procedentes de los Emiratos, evitaron el colapso de la economía egipcia. Hoy, sin embargo, las instituciones internacionales celebran la estabilidad y el crecimiento de la economía del país, que ha logrado mantener estable su divisa y reducir la inflación en los últimos tiempos.

La propaganda y el férreo control de los medios informativos son otro de los puntales de un presidente convencido de su misión histórica. Varios son los ejemplos —algunos en forma de proyectos de grandes dimensiones— que evidencian las ínfulas faraónicas del presidente egipcio, pero acaso el mayor de todos sea el Gran Museo Egipcio, inaugurado oficialmente a comienzos de noviembre de 2025, con una importante presencia de líderes mundiales, tras más de dos décadas de retraso —la idea había partido del presidente Hosni Mubarak— y después de haber recibido una inversión global de 1.200 millones de dólares.

Situado junto a las pirámides de la meseta de Guiza, el Gran Museo Egipcio aspira a convertirse en una referencia mundial de la marca Egipto y de su soft power. En los meses transcurridos desde su apertura al público, son decenas de miles los visitantes de todo el planeta —las autoridades esperan alcanzar los cinco millones anuales— que han pasado por sus flamantes galerías para disfrutar de una parte sustancial del rico patrimonio del Antiguo Egipto.

El reto de la pobreza

A pesar de las prometedoras perspectivas de la maquinaria productiva egipcia, los bolsillos de los ciudadanos no se benefician de los progresos macroeconómicos. Los salarios no experimentan aumentos significativos, mientras que sí lo hacen las facturas de los servicios básicos, y el empleo tampoco crece en la misma medida que la población, que alcanza ya los 110 millones de almas —y sigue creciendo a alto ritmo— y se concentra en las orillas del río Nilo. La pobreza continúa siendo elevada, sobre todo en las zonas rurales del Alto Egipto.

Además, como la mayoría de los países de la región, Egipto es una sociedad joven y cada vez más preparada y, sin embargo, frustrada por la falta de oportunidades. Este factor fue decisivo hace quince años para explicar las revueltas que sacudieron el mundo árabe, incluido su país más poblado y uno de sus corazones espirituales, económicos y culturales.

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La guerra del agua

Teniendo en cuenta el incremento demográfico y la escasez hídrica, el suministro de agua será uno de los retos más acuciantes para las autoridades egipcias en los próximos años. El control del curso del Nilo es ya, de hecho, un problema geopolítico de máxima relevancia para El Cairo. Tras una década de infructuosas negociaciones, la tensión volvió a agravarse este verano con la inauguración de la conocida como Gran Presa del Renacimiento Etíope, el mayor proyecto hidroeléctrico de África, que aspira a proporcionar electricidad a gran parte del oriente del continente. La infraestructura ha protagonizado durante años una larga disputa entre Etiopía, Egipto y Sudán —la presa se levanta a apenas 14 kilómetros de la frontera sudanesa— por el control del agua del río Nilo, aunque el conflicto se remonta varias décadas atrás.

La última ronda de conversaciones tuvo lugar en diciembre de 2023 y, durante los últimos años, el avance del proyecto ha supuesto ya la suspensión de la cooperación entre los tres países citados. No en vano, los gobiernos de Sudán y Egipto emitieron en septiembre pasado una nota conjunta en la que denunciaban las acciones “unilaterales” de las autoridades etíopes y advertían de que la presa supone “una amenaza continua a la estabilidad”.

Un país clave en la arquitectura de seguridad regional

Con todo, por mor de su situación geográfica y de su importancia estratégica, Egipto ocupa un lugar central en la arquitectura de seguridad regional. Clave ha sido el papel de las autoridades egipcias en la mediación entre Israel —con el que estableció formalmente relaciones diplomáticas en 1979, siendo el primer país de la Liga Árabe en hacerlo— y Hamás. Igualmente relevante será el rol de El Cairo en el éxito del proceso de paz abierto en Gaza y en la fórmula política para la gestión y administración de la Franja. No menos fundamental ha sido y seguirá siendo el papel de Egipto en la canalización de la ayuda humanitaria para la castigada población gazatí.

No en vano, la ciudad egipcia de Sharm el Sheij albergó el pasado mes de octubre la conferencia que, a la postre, consolidaría estos esfuerzos y en la que se firmó el alto el fuego vigente —a pesar de las violaciones por parte de uno y otro lado— en la Franja hasta finales de 2025. La cita celebrada en la ciudad del mar Rojo evidenció la buena sintonía entre el presidente estadounidense, Donald Trump, y Al Sisi, a quien el inquilino de la Casa Blanca elogió por sus esfuerzos en favor de la paz. No en vano, Egipto es el segundo receptor —después de Israel— de ayuda militar estadounidense en el mundo.

En suma, el cóctel de autoritarismo, una población joven frustrada por la falta de oportunidades y las importantes tensiones socioeconómicas augura un futuro incierto, a medio y largo plazo, para el régimen construido en la última década por el presidente Al Sisi, quien, a sus 71 años, no parece tener prisa a la hora de nombrar un sucesor. Sin duda, el inicio del proceso de relevo pondrá a prueba la solidez del andamiaje levantado en los últimos diez años.

Artículo de Antonio Navarro Amuedo periodista especializado en el magreb.

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