La llegada de Birgitte Nygaard Markussen ofrece a la Unión Europea la oportunidad de convertir una relación más pragmática en decisiones concretas, africanas y sostenidas.
El Consejo de la Unión Europea nombró el pasado 23 de julio a Birgitte Nygaard Markussen como nueva representante especial para el Sahel. La diplomática danesa asumirá el cargo el 1 de septiembre, con un mandato inicial de un año, y sucederá a João Cravinho, que ocupaba el puesto desde noviembre de 2024. El relevo podría parecer administrativo, pero llega en un momento decisivo. La Unión Europea ya ha definido una nueva aproximación a la región; ahora tiene que demostrar que puede aplicarla.
Markussen conoce bien el terreno institucional africano. Ha sido embajadora de Dinamarca en Burkina Faso, Níger, Chad y República Centroafricana, directora para África de su Ministerio de Asuntos Exteriores y jefa de la Delegación de la Unión Europea ante la Unión Africana. Ese recorrido es muy relevante porque la tarea que recibe no consiste en recuperar una posición anterior. El Sahel de 2026 ya no es el de 2020 y la relación con Europa tampoco puede reconstruirse con las herramientas de entonces.
La nueva representante parte, sin embargo, de una base útil. Durante el mandato de Cravinho se reabrieron canales con gobiernos con los que la conversación europea se había vuelto difícil. Escuchar era el primer paso. El siguiente es decidir qué hacer con lo escuchado.
Un mapa político que ya no es el mismo
La región se ha reorganizado. Tras abandonar la CEDEAO, Burkina Faso, Mali y Níger han convertido la Alianza de Estados del Sahel en el principal marco de su cooperación política, económica y de seguridad. La relación con Francia continúa siendo clave para entender la política europea y en ocasiones los bloqueos internos. Sin embargo, la liberación en agosto de Yann Vézilier, miembro de la Embajada de Francia detenido durante un año, elimina un importante punto de bloqueo entre Bamako y la UE. Paralelamente, nuevos socios ofrecen cooperación militar, financiación, infraestructuras y respaldo diplomático. Al mismo tiempo, la inseguridad avanza por los corredores que conectan el Sahel central con los países costeros de África Occidental, mientras las economías locales soportan el impacto de la violencia, el endurecimiento de los controles fronterizos y la fragmentación regional.
La narrativa de soberanía de los países del Sahel expresa también una demanda real de autonomía y una crítica a intervenciones que han sido percibidas como poco eficaces o desequilibradas. Existen campañas de desinformación y operaciones de influencia, pero combatirlas exige distinguirlas del descontento legítimo. Cuando toda crítica se interpreta como manipulación, Europa deja de escuchar precisamente aquello que necesita comprender.
Esa capacidad de escucha es aún más importante en un escenario en el que la Unión Europea ya no es el único socio disponible ni puede aspirar a serlo. Los Estados sahelianos han impulsado sus relaciones exteriores con otros países reactivando vínculos con otros actores, y seguirán haciéndolo. La cuestión para la UE no es cómo recuperar una posición privilegiada, sino qué puede ofrecer que resulte relevante para sus socios y, al mismo tiempo, sea coherente con sus propios principios e intereses.
La aproximación validada por los ministros europeos en noviembre de 2025 reconoce tres prioridades: el diálogo político y diplomático, la seguridad humana y las oportunidades económicas. Es una orientación adecuada, pero el riesgo es que permanezca como una suma de conceptos correctos sin traducción operativa. Su éxito dependerá menos de producir una nueva estrategia que de concentrar a las instituciones europeas y a los Estados miembros en unas pocas decisiones realizables.
Por otro lado, la agenda migratoria ocupa un lugar cada vez más central en la Unión Europea, lo que hace necesario mantener la cooperación y el trabajo de anticipación en los países de origen y tránsito: episodios como el reciente de Ceuta, donde junto a una presencia mayoritaria de jóvenes marroquíes había también personas procedentes de Mali, Senegal, Sudán y otros países africanos, muestran que estas dinámicas no pueden gestionarse únicamente cuando alcanzan la frontera europea.
Apoyar más y dirigir menos
Mali, Níger y Burkina Faso aspiran a que la Alianza de Estados del Sahel sea reconocida como un actor regional y a que sus socios se relacionen con ellos a través de ese marco. Por ahora, la Unión Europea no ha trasladado esa aspiración a un reconocimiento político de la AES como organización regional. Mencionar esta reivindicación no equivale a recomendar que lo haga, ni a ignorar las diferencias existentes entre Bruselas y los tres gobiernos. Significa comprender que es una prioridad para estos Estados y que cualquier diálogo que no tenga en cuenta cómo desean presentarse y negociar estará mal calibrado desde el comienzo.
La separación entre la AES y la CEDEAO ha complicado mecanismos de cooperación que siguen siendo necesarios para gestionar fronteras, comercio, movilidad y amenazas compartidas. Bruselas no puede reparar por sí sola esa fractura, pero tampoco debería limitarse a observar cómo se profundiza. Su función puede consistir en apoyar los canales africanos que permitan mantener una cooperación práctica, incluso cuando no sea posible reconstruir de inmediato una relación política más amplia.
La Unión Africana debería ocupar un lugar más importante en ese esfuerzo. La actividad de Dr. Mamadou Tangara, alto representante de la Comisión de la Unión Africana para Mali y el Sahel y jefe de MISAHEL, está ayudando a conservar y reactivar la interlocución en un contexto particularmente difícil. También parece existir una mayor disposición de la Unión Africana a recuperar cierto protagonismo en el Sahel, ahora que la CEDEAO ya no puede jugar el papel del principio de subsidiaridad. Sin embargo, la determinación de un representante no puede sustituir a una política institucional. Tangara está realizando un esfuerzo considerable, pero ese trabajo solo tendrá efectos duraderos si encuentra respaldo dentro de la UA, apoyo de los Estados miembros, recursos suficientes y una voluntad concreta de transformar el diálogo en iniciativas con continuidad.
La Unión Europea puede respaldar ese proceso aportando recursos diplomáticos, financieros y analíticos cuando se soliciten, sin apropiarse de él ni marcar unilateralmente sus objetivos. También puede apoyar a países africanos que mantienen capacidad de interlocución con diferentes partes. Ghana o Senegal ocupan posiciones distintas, pero pueden contribuir a evitar que la separación entre marcos regionales se convierta en una ruptura de todos los canales de cooperación.
Al mismo tiempo, la política europea no puede reducir el Sahel a Mali, Níger y Burkina Faso. Los tres países son centrales, pero el mandato del representante especial de la Unión Europea comprende también a Chad y Mauritania, además de la relación con el conjunto de la región. Tratar a estos dos países como expedientes secundarios sería un error. Chad afronta una acumulación de crisis políticas, humanitarias y de seguridad. A la inestabilidad de la cuenca del lago Chad se suma la presión provocada por la guerra de Sudán. Desde abril de 2023, cerca de un millón de refugiados sudaneses han cruzado hacia territorio chadiano, en un país que ya tenía recursos y capacidades limitados. Esta situación no pertenece únicamente al ámbito humanitario: afecta a los equilibrios territoriales, a las relaciones entre comunidades, a la seguridad fronteriza y a la capacidad del Estado para responder simultáneamente a varias emergencias.
Mauritania, por su parte, ha mantenido una relación excelente con la Unión Europea, reforzada especialmente por la cooperación en materia migratoria. Sin embargo, no debería ser contemplada únicamente como un socio para el control de la ruta atlántica. Su posición entre el Magreb, el Sahel y África Occidental le otorga un papel regional mucho más amplio. Además, la presión para interceptar salidas, controlar la movilidad y devolver a personas migrantes produce efectos complejos en sus relaciones con Mali y Senegal. Una cooperación que se considera exitosa desde Bruselas puede desplazar costes políticos, sociales y humanitarios hacia las fronteras mauritanas y sus países vecinos.
Una seguridad que responda a las prioridades locales
Los ataques coordinados sufridos por Mali en abril volvieron a mostrar la capacidad de adaptación y expansión de los grupos terroristas como Al Qaeda y su filial JNIM. La cooperación en seguridad continúa siendo necesaria, pero debe medirse por su efecto sobre la vida cotidiana y no solo por el número de unidades formadas o de equipos entregados.
Europa puede apoyar capacidades africanas de intercambio de información, control fronterizo, investigación financiera, prevención del reclutamiento y lucha contra las economías ilícitas. Puede hacerlo de manera compatible con la protección de civiles y la rendición de cuentas. El objetivo no debería ser reproducir grandes misiones, sino respaldar instrumentos que los países de la región consideren útiles y puedan mantener. La cooperación técnica funciona mejor cuando responde a una demanda precisa, incluye a los servicios que realmente la utilizarán y no queda aislada de la justicia, la administración territorial o los servicios básicos.
La seguridad humana no es una alternativa blanda a la seguridad. En muchas zonas rurales, la ausencia de escuelas, centros de salud, mercados accesibles o vías de comunicación modifica la relación de la población con el Estado. Los grupos armados explotan conflictos locales, ofrecen protección selectiva, regulan actividades económicas o imponen su propia justicia. Recuperar legitimidad exige proteger, pero también resolver disputas, garantizar servicios y crear oportunidades para una población joven que no puede esperar a que termine la crisis.
Aquí la Unión Europea conserva ventajas comparativas. Dispone de instrumentos de desarrollo, capacidad comercial, cooperación en educación y sanidad y experiencia en desarrollo de la administración pública local, entre otros. Sin embargo, esos recursos suelen estar fragmentados, sometidos a plazos distintos o concentrados en interlocutores accesibles desde las capitales. La nueva etapa debería facilitar fondos más flexibles para universidades, organizaciones comunitarias, medios locales, asociaciones de mujeres y empresas capaces de trabajar donde la presencia institucional es limitada pero imprescindible.
Un mandato de un año obliga a elegir
Markussen no podrá resolver en doce meses la fragmentación regional ni la crisis de confianza con Europa. Sí puede dejar una relación mejor preparada. Para ello, convendría fijar cuatro objetivos concretos y alcanzables en 12 meses: mantener un diálogo político estable con todos los países de su mandato; respaldar uno o dos procesos africanos concretos de mediación o cooperación regional; alinear los instrumentos europeos en torno a proyectos visibles de seguridad humana; y crear un mecanismo permanente de escucha con actores locales que influya realmente en las decisiones.
La coherencia interna será tan importante como la diplomacia exterior. Los Estados miembros no siempre comparten prioridades, lenguaje ni tolerancia al riesgo. La representante especial tendrá que evitar que cada capital envíe una señal diferente y que el Sahel vuelva a ser atendido solo cuando se produce una crisis. La flexibilidad no debe confundirse con improvisación, y el pragmatismo no exige abandonar los derechos humanos, pero ambos principios permiten sostener el diálogo incluso cuando existen desacuerdos y concentrarse en ámbitos donde la cooperación beneficia a ambas partes, sin olvidar los principios e intereses de ambas partes.
El éxito de esta etapa no debería medirse por la supuesta recuperación de la influencia europea. Esa formulación sitúa a Europa en el centro de una transformación que pertenece, ante todo, a las sociedades sahelianas. Un indicador más adecuado sería comprobar si la Unión Europea vuelve a ser percibida como una socia fiable: si escucha, si cumple lo que anuncia, si apoya soluciones africanas y si permanece cuando el contexto deja de ser cómodo.
Cravinho contribuyó a reconstruir algunos puentes. Markussen recibe ahora la tarea más difícil: decidir cuáles deben conducir a una cooperación concreta. En el Sahel de 2026, escuchar sigue siendo indispensable, pero ya no es suficiente. Nuestra credibilidad se medirá con las acciones.
Artículo de Beatriz de León Cobo.