África subsahariana: ¿disminuirán las desigualdades antes de 2030?

180 degree panorama of the vast slums of Kibera, Kenya. Imagen: © Wollwerth Imagery / Adobe Stock

Vimal Ranchhod

Rawane Yasser

Murray Leibbrandt

Persisten múltiples desigualdades en el núcleo de la población de África subsahariana, en diferentes aspectos y tanto a nivel nacional como regional. Se evalúan las desigualdades para comprender mejor sus causas y diseñar las posibles soluciones.

En 2025, a solo cinco años de 2030 (año en el que debe haberse conseguido implementar la Agenda 2030, la guía para un planeta sostenible fijada por la ONU en 2015), el décimo Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS), que pretende reducir las desigualdades entre países, es uno en lo que menos se ha avanzado. Es, sin embargo, un objetivo crucial, porque busca reducir la pobreza y, de este modo, aumentar la resiliencia de las poblaciones vulnerables.

En este contexto, las desigualdades en África subsahariana se han dejado al margen de los debates. Nuestro libro, recientemente publicado, vuelve a poner las cartas sobre la mesa con respecto a este tema y presenta una visión general de la situación actual, identificando los aspectos más destacados de las desigualdades del África subsahariana. Propone, en definitiva, algunos consejos y soluciones para un desarrollo igualitario y sostenible en esta región del mundo.

Desigualdad y migraciones: una dinámica compleja

A nivel global, el mayor factor determinante de los ingresos de las personas (y por tanto de las desigualdades entre ellas) sigue siendo el lugar de nacimiento. La migración, a la que se ha considerado frecuentemente como una estrategia de lucha contra la pobreza, es un factor clave en la mejora de las condiciones de vida.

El éxodo rural que caracteriza a gran parte de los países del África subsahariana se percibe tradicionalmente como el resultado de las desigualdades de desarrollo entre las zonas urbanas y las zonas rurales. Los jóvenes de África, que se enfrentan a un índice de desempleo elevado, asumen frecuentemente la migración como la única oportunidad de movilidad social.

Pero la conexión entre la desigualdad y la migración es mucho más compleja, sobre todo en lo relativo a las migraciones internacionales. La desigualdad relacionada con las perspectivas de ingresos y bienestar desempeña un papel importante como factor impulsor de la migración. Ahora bien, siendo estos costes elevados, la migración internacional no afecta sino al 2,5 % de la población de África subsahariana, y es mayoritariamente dentro del continente.

La migración afecta a su vez a la distribución de los ingresos, tanto de forma directa, con el sesgo de la transferencia de fondos, como de forma indirecta, a través de los mercados laborales. La transferencia de fondos puede reducir la pobreza de los hogares receptores, pero puede aumentar la desigualdad porque, en ocasiones, son los más ricos los que pueden permitirse migrar más fácilmente.

En lo relativo al mercado laboral, la fuga de cerebros es uno de los fenómenos más visibles del impacto de la migración en la desigualdad. Esta crea una falta de mano de obra para los países de la región y reduce su productividad, lo que puede obstaculizar in fine su desarrollo. Un aumento del 10 % de la migración de personas altamente cualificadas se asocia con un aumento del 5 % de la desigualdad de ingresos. En África subsahariana, las personas con estudios superiores son 30 veces más propensas a emigrar que aquellas con menos formación.

Desigualdad y mercado laboral: un factor determinante mayor

Más allá de la cuestión de los migrantes, el acceso al mercado laboral sigue siendo el principal determinante de las desigualdades en África subsahariana. El mercado laboral en esta región se caracteriza por un porcentaje importante de empleos informales, una precariedad especialmente alta entre los jóvenes, y por un sector formal muy limitado (alrededor del 15 % del empleo total en el continente). Desde principios de siglo, países como Kenia han tenido un aumento significativo en el porcentaje de empleo informal (del 73 % en 2001 al 83 % en 2017), mientras que el empleo formal remunerado ha disminuido.

Por un lado, el sector informal se caracteriza por una falta de protección y una alta vulnerabilidad, aspectos que aumentan la desigualdad. Pero, por otro, la informalidad puede servir como puerta de entrada al mercado laboral, lo que reduce parcialmente la desigualdad. Los mercados laborales de África subsahariana son más flexibles de lo que se conoce generalmente; existen formas variadas de empleo remunerado privado y de empleo independiente de forma paralela a las oportunidades que existen en el sector público. Por tanto, no todas las actividades informales son precarias y pueden servir de trampolín para acceder a los empleos formales.

En el sector formal, la desigualdad salarial en África es una de las más altas del mundo. En Sudáfrica, por ejemplo, los asalariados con empleos muy cualificados ganan casi cinco veces más que aquellos con empleos poco cualificados. Esta desigualdad salarial está relacionada con el nivel de educación, con la segmentación del mercado laboral y con la desigualdad entre los grupos de población.

De hecho, algunos grupos de población experimentan unas condiciones de trabajo muy deplorables. El índice de desempleo entre los jóvenes es extremadamente alto y tienen muy pocas posibilidades de tener un empleo estable. Asimismo, las mujeres tienen un índice de empleo y de salario inferior al de los hombres.

Desigualdad de género

Además de la desigualdad salarial, la desigualdad de género persiste, sobre todo en relación con el acceso al mercado laboral. Uno de los factores determinantes más importantes es el trabajo de cuidados no remunerado que hace que el trabajo de las mujeres sea invisible. En muchos países africanos, las mujeres y las niñas dedican gran parte de su tiempo a los cuidados no remunerados, lo que limita sus oportunidades económicas.

Esta desigualdad se ve subrayada por la desigualdad en el acceso a los recursos. Alrededor del 38 % de las mujeres africanas poseen tierras, frente al 51 % de hombres africanos.

Esta desigualdad de género suelen ser el resultado de los prejuicios sexistas contra las mujeres, anclados en los sistemas jurídicos, las normas sociales y las estructuras institucionales. Es necesario crear reformas que busquen reducir la discriminación, reequilibrar los regímenes matrimoniales e instaurar la igualdad en las herencias para reducir esta disparidad.

Desigualdad y cambio climático

La desigualdad está estrechamente relacionada con el cambio climático. Los diferentes países y sus habitantes no contribuyen de la misma manera a este fenómeno, ni se ven afectados de la misma manera por este.

África experimenta los impactos más graves (sequías, inundaciones e inseguridad alimentaria) mientras contribuye a menos del 5 % de las emisiones mundiales de carbono. El 43,5 % de las tierras agrícolas de África subsahariana se ve afectado por las condiciones áridas, frente a una media mundial de aproximadamente un 29 %. Del mismo modo, los costes de mitigación del cambio climático resultan más difíciles de gestionar para los países con ingresos bajos y pueden llevar a su corrección económica.

Este esquema de desigualdades se puede comprobar también en cada país. En África subsahariana, el 10 % de los más ricos emite 7 veces más toneladas de CO2 que el 50 % de los más pobres. En lo relativo al impacto, la desigualdad inicial hace que los grupos más desfavorecidos sufran de forma desproporcionada los efectos del cambio climático, creando así aún más desigualdad. De hecho, las poblaciones más pobres son más vulnerables cuando están expuestas a los efectos negativos del clima, ya que sus viviendas y su patrimonio son más propensos a sufrir daños por las tempestades y las inundaciones, lo que compromete su resiliencia, es decir, su capacidad de recuperarse de los daños sufridos.

Desigualdad y sostenibilidad: más allá del crecimiento económico tradicional

Debido a estos efectos del cambio climático, y dado que el crecimiento económico no implica más que una reducción limitada de la pobreza, sigue siendo necesario moverse hacia los modelos de desarrollo más sostenibles.

Desde un punto de vista social, la distribución desigual de los beneficios del crecimiento y su apropiación por parte de quienes se encuentran en la cima de la distribución de los ingresos evidencian un crecimiento económico no inclusivo: el 1 % de las personas más ricas tuvieron el 27 % del crecimiento total del continente. La gran dependencia de las industrias mineras y extractivas y los bajos niveles de producción y de creación de empleo son los principales factores de esta desigualdad.

Por todo esto resulta imperativo repensar los modelos de desarrollo priorizando las políticas que favorezcan la inclusión social y económica. Muchos trabajos reflejan el impacto de las políticas africanas de educación, sanidad, protección social y de mercado laboral. Cabe recalcar que las desigualdades multidimensionales no son solo persistentes, sino que, además, se refuerzan mutuamente. Para acabar con estas, es necesaria una coherencia y una integración de políticas públicas. En general, el desarrollo sostenible exige alejarse de un objetivo político enfocado en el crecimiento económico, para implementar un conjunto coherente de políticas públicas que tengan en cuenta las desigualdades y que favorezcan un crecimiento económico y un desarrollo inclusivos.

Texto de varios autores: Anda David, Murray Leibbrandt, Rawane Yasser y Vimal Ranchhod.

Artículo publicado originalmente en francés en The Conversation y traducido al español por Marina Rodríguez Romero para Casa África.

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