Apolonia: la historia de un reino africano que se opuso a la trata atlántica de esclavos

Slaves aboard a slave ship being shackled before being put in the hold. A wooden engraving by Joseph Swain. © Joseph Swain en Wikimedia Commons

La trata transatlántica de esclavos fue un negocio global, complejo y enormemente lucrativo que se prolongó desde comienzos del siglo XVI hasta mediados del XIX.

Los acontecimientos de este periodo son demasiado complejos para reducirlos a un relato simplista de «culpables» y «víctimas». Aunque la trata deshumanizó y convirtió en mercancía a más de 12,5 millones de africanos, no fue únicamente el resultado de una intervención exterior.

Los europeos carecían de los conocimientos geográficos, de la inmunidad frente a las enfermedades tropicales endémicas y de la capacidad militar necesarias para internarse en el continente africano. Por ello, dependieron de los Estados africanos y de las élites comerciales locales para abastecerse de cautivos.

Gracias a su control de los puertos costeros, a la regulación del acceso a los mercados y a la gestión de las rutas comerciales del interior que conducían a los cautivos hasta la costa, estos intermediarios africanos hicieron posible y moldearon la trata europea de personas.

Sin embargo, la participación africana en este proceso no fue homogénea. Mientras algunas sociedades y grupos poderosos obtenían cautivos mediante guerras o incursiones contra comunidades más débiles, unos pocos Estados africanos centralizados optaron por no implicarse plenamente en la trata, aunque tampoco permanecieron completamente al margen de ella.

Una de esas sociedades fue el Reino de Apolonia (conocido hoy como Estado de Nzema), situado en el suroeste de la Costa de Oro, la actual Ghana. Durante los cuatro siglos en que estuvo vigente la esclavitud atlántica, Apolonia comerció con tan solo 352 cautivos, mientras que otras ciudades de la Costa de Oro, como Elmina y Costa del Cabo, embarcaron cada una a cientos de miles de personas esclavizadas.

Como historiador especializado en África Occidental, y en particular en Ghana, con particular interés en la historia medioambiental e hidrológica y en la trata de esclavos, he dedicado casi una década a investigar el papel de Apolonia en la trata atlántica. Mi investigación más reciente muestra que Apolonia fue la única región portuaria de la Costa de Oro en la que la trata atlántica de esclavos no llegó a arraigar, aunque en el reino seguía existiendo la esclavitud entre la población local. Apolonia constituye un caso excepcional, tanto desde el punto de vista estadístico como geográfico, dentro de la economía esclavista atlántica.

La historia de Apolonia plantea varias preguntas fundamentales: ¿por qué el reino comerciaba con un número tan reducido de personas esclavizadas? ¿Por qué es importante estudiar las regiones africanas en las que la trata tuvo un peso menor? ¿Y qué pueden enseñarnos casos excepcionales como el de Apolonia sobre la justicia histórica y las reparaciones?

Apolonia en su contexto histórico

Apolonia es una sociedad akan del suroeste de Ghana, situada junto a la frontera con Costa de Marfil. Los portugueses dieron a esta región el nombre de Santa Apolonia, una virgen cristiana egipcia, porque llegaron a la zona el día de su festividad.

La región estaba integrada por pequeñas aldeas que acabaron uniéndose para fundar el Reino de Apolonia a finales del siglo XVII. Fue allí donde nació, en 1909, Kwame Nkrumah, el primer presidente de Ghana.

La fundación del Reino de Apolonia coincidió con otros grandes cambios históricos en la Costa de Oro. Entre ellos figuran el ascenso del Reino de Ashanti como gran potencia regional y la conversión de la zona en uno de los principales centros de la trata atlántica de esclavos.

Estos procesos integraron a Apolonia en la economía atlántica. Sin embargo, Apolonia fue probablemente la única sociedad de la Costa de Oro que rechazó de manera efectiva participar en la trata atlántica.

Ese rechazo no implicó mantenerse completamente al margen. Las 352 personas esclavizadas embarcadas desde Apolonia representan apenas el 0,0028 % del total de africanos transportados a través del Atlántico. Mi propósito no es reducir esas vidas a simples cifras, sino mostrar que, en términos relativos, la participación de Apolonia en este comercio fue mínima.

Durante el siglo XVIII, Anomabo contaba con unos 8750 habitantes y, aun así, desde este puerto se embarcaron la extraordinaria cifra de 168 348 cautivos, lo que da una idea de la magnitud del comercio de esclavos. De forma similar, Costa del Cabo y Elmina tenían poblaciones estimadas de alrededor de 5000 y 25 000 habitantes, respectivamente, pero registraron también un elevado volumen de exportaciones de esclavos.

Apolonia, en cambio, tenía una población estimada de entre 15 600 y 19 600 habitantes y solo comerció con 352 esclavos.

Qué significa esto

¿Por qué se comercializaron tan pocos esclavos en Apolonia? A partir del análisis de bases de datos demográficas, documentos conservados en archivos europeos y relatos orales, mi investigación apunta a dos razones principales.

En primer lugar, Apolonia no era una sociedad basada en la esclavitud. Su economía dependía sobre todo del comercio de oro y marfil.

En segundo lugar, el reino aplicaba políticas como el pacto de Amonle, que prohibía la venta de súbditos apolonianos. Amonle era un ritual sagrado que incluía el sacrificio humano de miembros de la realeza de Apolonia y la mezcla de su sangre con una bebida especial elaborada con hierbas. Tanto los gobernantes apolonianos como los migrantes que se asentaban en el reino debían beberla.

Este poderoso ritual actuaba como un juramento vinculante contra la venta de habitantes locales y refugiados de Apolonia, y maldecía a cualquiera que lo incumpliera. De este modo, se impedía el desarrollo de cualquier sistema interno destinado a producir personas esclavizadas para su venta.

La cuestión de las reparaciones

La historia de Apolonia complica aún más nuestra comprensión de la justicia histórica y el modo de abordar las reparaciones por la trata de esclavos. Una cosa es que una víctima identificada reclame justicia y reparaciones a un responsable conocido, ya sea mediante gestos simbólicos, como una disculpa, o a través de compensaciones económicas.

La situación es muy distinta cuando no se conoce la identidad ni de la víctima ni del responsable, o incluso cuando ambas figuras coinciden. En esos casos, ¿quién debe conceder las reparaciones y quién debería recibirlas?

En el caso de Apolonia, desconocemos la identidad de las 352 personas exportadas como esclavas y, hasta ahora, los investigadores —entre los que me incluyo— tampoco hemos logrado determinar el origen africano concreto de estos cautivos.

Tampoco hemos hallado pruebas históricas que indiquen que los habitantes de Apolonia capturaran o compraran a estas personas para revenderlas. En estas circunstancias, ¿debería esperarse que Apolonia ofreciera reparaciones? Y, de ser así, ¿a quién deberían dirigirse?

Por el contrario, ¿estaría éticamente justificado que Apolonia reclamara justicia reparadora a los europeos, hoy desconocidos, que compraron a esos 352 cautivos?

La historia de Apolonia no cuestiona en modo alguno la histórica resolución de las Naciones Unidas de marzo de 2026, que reconoce oficialmente la trata transatlántica de esclavos como el «crimen más grave contra la humanidad», ni tampoco se opone a la reivindicación de una justicia reparadora que quizá llega con demasiado retraso.

Al fin y al cabo, la trata de esclavos constituye, sin duda, una de las atrocidades más violentas y devastadoras sufridas por los africanos y las personas de ascendencia africana. Esta investigación pretende, sobre todo, aportar matices y suscitar preguntas fundamentales en el debate sobre las reparaciones.

Artículo redactado originalmente en inglés por Nana Kesse y traducido al español por Ramsés Cabrera Olivares.

Imagen de portada: By Joseph Swain – Own work, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=87212706

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