Escribir en una casa en llamas

Imagen: © webclipmaker/iStock

Chema Caballero

Bloguero y cooperante

Hay una imagen que no me abandona desde que leí el título de esta mesa: escribir en una casa en llamas.

La primera reacción es casi física. Si la casa arde, uno corre. Busca agua. Grita. Intenta salvar a quienes están dentro. Escribir parecería un gesto inútil, incluso frívolo. ¿Quién se sienta a redactar mientras el techo se derrumba? Y, sin embargo, hay algo profundamente humano en ese impulso de salvar no solo los cuerpos, sino también las palabras, la memoria, el sentido. Me viene en mente el hermoso título de Leïla SlimaniMe llevaré el fuego-, el último libro de su trilogía sobre Marruecos. En él parte de una cita de Jean Cocteau que dice: «Si tu casa se estuviera incendiando, ¿qué te llevarías? Me llevaría el fuego».

Qué imagen más potente. Es como si incluso en la huida necesitáramos preservar una chispa, una historia, una voz. Tal vez escribir sea eso: cargar con una brasa cuando todo alrededor se consume.

Y, sin embargo, quizá no tengamos otra opción. Porque la casa ya está ardiendo.

Arde en los veranos cada vez más largos del Sahel. Arde en los ríos contaminados por el petróleo en el delta del Níger. Arde en las sequías que empujan a comunidades enteras a migrar. Arde en las inundaciones que borran barrios enteros del mapa. Arde, también, en la desigualdad: en el hecho de que quienes menos han contribuido al desastre ecológico que nos rodea sean quienes más lo padecen.

La crisis climática no es una amenaza futura. Es el aire que respiramos. Entonces la pregunta se vuelve más incómoda: si el mundo se quema, ¿puede la literatura mirar hacia otro lado?

Durante mucho tiempo algunos autores defendieron la idea de que la literatura debía mantenerse «pura», separada de la política o de la urgencia social. Como si escribir fuera un ejercicio de aislamiento. Como si el arte ocurriera en una habitación con las ventanas cerradas.

Pero ¿qué pureza puede existir cuando el aire mismo se vuelve irrespirable? Por eso, la inmensa mayoría de los escritores africanos rechazan esa idea. En el contexto africano, muchos autores han sentido (o han asumido) que escribir implicaba una responsabilidad histórica -colonialismo, poscolonialismo, conflictos-. Por tanto, la literatura no puede ser neutra. Y, quizás por eso, escribir hoy en África consiste precisamente en abrir esas ventanas que otros se empeñan en mantener cerradas.

Pienso en Wangari Maathai, la keniana fundadora del Green Belt Movement. No era novelista, pero su escritura convirtió la defensa de los árboles en una narrativa de dignidad. Plantar árboles era plantar futuro. Plantar árboles era oponerse al expolio y al empobrecimiento. En su obra, ecología y justicia social eran inseparables. No había «medioambiente» por un lado y «sociedad» por otro.

Era la misma lucha.

Ahí está el núcleo: la casa en llamas no es solo el planeta. Somos nosotros dentro.

El poeta y activista nigeriano Nnimmo Bassey lo ha dicho con claridad: el cambio climático es una cuestión de poder. ¿Quién extrae? ¿Quién consume? ¿Quién sufre las consecuencias? En sus poemas y ensayos, la naturaleza no es un paisaje romántico, sino un campo de batalla político. Escribe desde territorios devastados por el petróleo en el delta del Níger, donde el progreso prometido dejó contaminación y enfermedad. En su libro We Thought It Was Oil, But It Was Blood (2002), dice:

«Pensamos que era petróleo, pero era sangre.

La tierra está herida, los ríos envenenados,

y el fuego que arde día y noche

no alumbra hogares, sino la codicia».

Aquí, la escritura no es un lujo: es testimonio. Dar testimonio es ya una forma de resistencia al fuego. Porque lo primero que hace el incendio es borrar huellas. Arrasa memorias. Uniformiza el paisaje. La literatura, en cambio, conserva detalles. Nombra. Registra. Dice: esto ocurrió aquí, a estas personas.

Ken Saro-Wiwa pagó con su vida la denuncia de la destrucción ambiental en Ogoniland. Sus textos muestran que la catástrofe ecológica es también una catástrofe moral. Cuando se envenena un río, se envenena una comunidad entera. Cuando se tala un bosque, se talan historias, lenguas, rituales. Escribir, para él, era una forma de resistencia. En sus escritos reunidos en la obra A Month and a Day: A Detention Diary (1995), escribe:

«El medio ambiente del pueblo ogoni ha sido completamente devastado.

La tierra ya no produce, los ríos están contaminados, el aire es venenoso.

Esto no es solo un desastre ecológico: es una negación del derecho a la vida».

Algunos novelistas africanos contemporáneos han captado esta dimensión con gran sutileza. Helon Habila, por ejemplo, en Oil on Water (2010), muestra un delta del Níger devastado por la extracción petrolera. Como señala: «El agua parecía muerta. Espesa, negra, inmóvil, como si la vida hubiera sido expulsada de ella». No escribe un tratado ecológico, sino una novela donde el paisaje mismo parece enfermo. La naturaleza se vuelve un personaje herido.

Algo parecido ocurre en How Beautiful We Were (2021), donde Imbolo Mbue narra la lucha de una comunidad africana ficticia contra una compañía petrolera que contamina su entorno, retomando precisamente ese vínculo entre devastación ecológica, injusticia global y resistencia colectiva: ¿qué futuro puede imaginar un niño cuando el aire mismo enferma?

Esta dimensión ética de la catástrofe también aparece en la obra de Véronique Tadjo. En compañía de los hombres (2017) está escrita a partir de la epidemia de ébola en África occidental. La enfermedad no se presenta como un accidente aislado, sino como el síntoma de una ruptura más profunda entre los seres humanos y su entorno. La deforestación, la presión sobre los ecosistemas o la violencia extractiva alteran equilibrios antiguos y desencadenan nuevas formas de vulnerabilidad. Tadjo nos recuerda que no estamos «frente» a la naturaleza, sino dentro de ella. O dicho en sus palabras: «Los humanos no son los dueños de la Tierra. Son solo una parte de ella». Que cuando el bosque cae o un virus se expande, lo que se resquebraja no es un paisaje lejano, sino nuestra propia casa común.

Ahí comprendemos que la crisis climática no es abstracta. Tiene nombres, cuerpos, edades.

Volvemos entonces a la imagen inicial: la casa en llamas.

¿Qué hace el escritor?

El escritor no es bombero. No diseña políticas públicas. No negocia tratados internacionales. Su gesto parece pequeño. Frágil. Pero la literatura tiene otra fuerza. Puede cambiar el imaginario. Puede romper la indiferencia. Puede hacernos sentir como propio el dolor de alguien a miles de kilómetros.

La gran amenaza de nuestro tiempo no es solo el incendio, sino el acostumbrarse al incendio. Ver un bosque arder en la pantalla y seguir cenando.

La literatura interrumpe esa costumbre. Nos obliga a detenernos. A mirar de cerca. A escuchar. Escribir, entonces, no es olvidar el problema. Es negarse a aceptar que el problema sea normal.

Quizá escribir en una casa en llamas consista en esto: en negarse a abandonar la casa. En quedarse. En contar lo que ocurre dentro. En sostener la memoria de lo que aún merece ser salvado. Porque mientras alguien escriba, mientras alguien lea, mientras alguien nombre el fuego, la casa aún no está completamente perdida.

La literatura no apaga el fuego por sí sola. Pero ilumina. Y a veces, para empezar a salvar algo, primero hay que verlo con claridad.

Texto escrito por Chema Caballero para un café literario de la Rentrée Littéraire du Mali.

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