La Tabaski es para los musulmanes lo que la Navidad para los cristianos: una de las celebraciones más importantes del año. Para quienes viven lejos, además, es una fecha en la que la migración se siente con especial intensidad, ya que representa un momento clave para la identidad cultural: algunos organizan el viaje de vuelta al país y otros, al no poder regresar, hacen llegar una suma importante de dinero para que la familia en origen pueda celebrar dignamente.
En ese sentido, la Tabaski no solo reúne a quienes están presentes, sino que también hace visibles a quienes están lejos.
Esta festividad, conocida en otras regiones como Aïd el-Kebir o Fiesta del Sacrificio, conmemora la inquebrantable fe del profeta Abraham (Ibrahim). Dispuesto a sacrificar a su hijo por mandato divino, Dios sustituyó al niño por un cordero en el último momento. De aquí viene la obligación de cada padre de familia de sacrificar un cordero. Se celebra el décimo día del último mes lunar.
Llegado el día, por la mañana, los hombres y sus hijos acuden a la mezquita para rezar. Por lo general, las mujeres y las niñas se quedan en casa esperando su regreso. Cuando ellos llegan, cada cabeza de familia recita un versículo del Corán y se realiza el sacrificio del cordero en nombre de Allah.
Enseguida, la tarea del despiece y la limpieza del cordero se orquesta entre los miembros de la familia. Durante todo el día, el sonido de los cuchillos cortando y despiezando carne resonará en todos los hogares musulmanes. En una gran casa familiar puede llegar a haber hasta diez corderos.
El momento de cocinar se convierte en un espacio de diversión y de confesiones entre las mujeres: unas pelan y cortan las cebollas; otras, las papas, y otras se encargan de preparar la marmita y ponerla sobre la gran bombona de gas. Entre tarea y tarea siempre hay tiempo para la música y el baile: de repente, una comienza a bailar y las demás la animan con palmas y risas. Durante unos momentos, el trabajo se transforma en celebración. Después, todas vuelven a sus puestos.
La organización colectiva es admirable. Cada cabeza de familia aporta la misma cantidad de dinero para los gastos comunes y, normalmente, una de las mayores lo administra. Para sus integrantes es un orgullo poder participar económicamente en la celebración. Y ahí está quizá el verdadero sentido de todo: formar parte de ese momento no es solo ayudar, es pertenecer, contribuir, ocupar un lugar en la familia y ser reconocido dentro de ella, esté uno donde esté.
Mientras tanto, los niños siguen correteando por todas partes. Juegan en la arena de los patios, se persiguen unos a otros y compiten por conseguir los mejores trozos de carne cuando salen del caldero.
Después de almorzar y de recoger, las madres llaman a sus retoños para ducharlos y vestirlos con sus trajes nuevos. Es tradición que los niños y las niñas, incluso los mayores, estrenen ropa este día. Las costureras y los costureros senegaleses no dan avío semanas antes. Los más pequeños, además, van casa por casa pidiendo unas monedillas, el llamado localmente «ndewenel».
Al caer la noche, muchas personas visitan familiares y amigos recitando una y otra vez el mantra «Bal ma akh. Bal na la. Yallah na ñu yallah bole bal» («Perdóname. Te perdono. Que Dios perdone nuestros pecados»). Una oportunidad para pedir perdón sin dar mayores explicaciones.
Durante unas horas parecen quedar en segundo plano las preocupaciones, los sacrificios realizados para poder celebrar «como Dios manda», las diferencias y los problemas cotidianos. No importa la edad, el origen o la etnia. Lo que se celebra es la convivencia, la generosidad, la hermandad y la solidaridad.
Pero detrás de la belleza de esta celebración, también existe una carga económica importante. La Tabaski es un momento de alegría, pero también de presión social: hay que comprar el cordero, estrenar ropa, recibir a la familia, compartir comida y mostrar que se ha cumplido con lo que se espera de uno.
¿Qué pasa con aquellas cabezas de familia que viven fuera, que tuvieron que migrar? Para ellas, la Tabaski se convierte muchas veces en una prueba de éxito. No basta con haber migrado, hay que demostrar que la migración ha servido para algo. El envío de divisas no es solo una contribución económica, sino una forma de orgullo, reconocimiento y pertenencia.
En cualquier caso, la distancia no les libera de las obligaciones familiares. De hecho, en la mayoría de casos, incluso se multiplica. Para los que se quedaron, la persona migrante «ha triunfado», aunque esa persona trabaje en condiciones difíciles, tenga deudas, viva en «pisos patera», viva con miedo administrativo o apenas llegue a fin de mes.
Estas expectativas sociales alimentan el imaginario migratorio. En contextos donde las oportunidades locales son tan limitadas, estas celebraciones pueden reforzar la idea de que «allí todo se consigue». Es decir, ofrece la oportunidad de poder ayudar, enorgullecer a tu madre y a tu padre, poder ofrecer, poder responder a las expectativas de la familia. Celebraciones como la Tabaski, podrían convertirse en una vitrina de éxito.
Comprender la migración exige también poner el foco en los pequeños e íntimos momentos que, a menudo, quedan fuera del relato: cuando una madre espera la llamada de su hijo desde Europa, cuando el pago de los gastos familiares mensuales llega a tiempo, cuando alguien sonríe por videollamada para tranquilizar a quienes le miran con orgullo desde el otro lado de la pantalla.
¿Y qué pasa con aquellas que no pueden volver a casa? A modo de consolación, las comunidades migrantes también se unen para intentar recrear el ambiente festivo en sus países de acogida: se organizan para ir a rezar en grandes espacios, preparar los platos tradicionales y compartir la carne del cordero con familiares y amigos para mantener viva su costumbre.
La Tabaski es uno de esos momentos en los que la migración se hace especialmente visible dentro de la familia: esta fiesta también habla de quienes regresan cargados de maletas, regalos y expectativas, de quienes no pueden viajar, pero envían dinero para estar presentes de otra manera y de quienes, al acercarse la fiesta, comienzan a privarse de mucho para que a los que están «en casa» no les falte de nada. En esos días, la distancia no desaparece, pero se negocia a través del sacrificio compartido, de un envío de remesas económicas, de una llamada o de un ente ausente que todos reconocen. Porque la migración también está en las expectativas y en las obligaciones que generan eventos culturales como la fiesta del cordero.
Artículo de Sara Rebollo Ramírez.
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