Fronteras y travesías: nuevas pertenencias

Chema Caballero

Bloguero y cooperante

«Partir, es morir un poco» Fatou Diome (En un lugar del Atlántico)

Hay palabras que creemos firmes -frontera, hogar, lengua, origen- hasta que una despedida en un aeropuerto las vuelve inestables, porosas, casi ilusorias. Migrar no es solamente desplazarse: es una experiencia que desordena el mapa íntimo. No se cruza solo un territorio; se cruza una identidad.

Durante mucho tiempo, las fronteras se pensaron como líneas que separan. Hoy sabemos que también son zonas de contacto. La frontera hiere, sí, pero también mezcla. Excluye, pero al mismo tiempo inventa. En ese espacio ambiguo -entre pérdida y reinvención- nace lo que podríamos llamar una segunda pertenencia: no la del origen intacto, sino la de la vida vivida en tránsito.

La literatura africana ha pensado esta condición con una lucidez extraordinaria. Quizá porque el continente conoce la historia larga de los desplazamientos forzados -esclavitud, colonización, exilios políticos, migraciones económicas-, pero también la potencia creativa de los cruces culturales. África no ha sido nunca un espacio inmóvil; ha sido siempre un territorio de rutas, caravanas, puertos o lenguas que se tocan.

El escritor keniano Ngũgĩ wa Thiong’o recordó que la lengua no es solo un instrumento de comunicación, sino una memoria colectiva. «La lengua transporta la cultura, y la cultura transporta -especialmente a través de la tradición oral y la literatura- todo el conjunto de valores con los que nos percibimos a nosotros mismos y nuestro lugar en el mundo-», explica en Descolonizar la mente (1986). Cuando alguien migra, no abandona únicamente un país: arriesga su relación con esa memoria. Pero esa memoria también puede viajar. Puede adaptarse, transformarse, sobrevivir. Migrar puede implicar perder palabras, pero también aprender otras nuevas, ampliar el horizonte expresivo. La lengua deja de ser un lugar fijo y se convierte en un puente.

Esa tensión aparece con fuerza en la obra de Chimamanda Ngozi Adichie. En Americanah, la migración transforma la identidad de su protagonista no solo por el cambio de paisaje, sino por el descubrimiento de cómo el mundo la mira. Como dice la propia novela: «Me volví negra cuando llegué a Estados Unidos». El viaje revela que la pertenencia no depende únicamente de quiénes somos, sino de cómo somos percibidos. ¿Quién soy cuando mi acento me delata? ¿Quién soy cuando mi historia se simplifica en un estereotipo?

Pero quizá una de las voces que con más claridad ha narrado la migración africana contemporánea sea la senegalesa Fatou Diome. En En un lugar del Atlántico (2003), el mar separa Senegal y Europa como una promesa y una amenaza a la vez. Sus personajes sueñan con el viaje como salvación, pero la autora desmonta el mito. «No se emigra para tener éxito, sino para sobrevivir», afirma. Emigrar no es una fábula de éxito automático, sino un territorio de soledad, racismo y precariedad. Sin embargo, Diome también muestra algo esencial: el migrante no es solo víctima. Es un sujeto que piensa, ironiza, resiste. En su escritura hay dignidad y conciencia crítica. La travesía no borra la identidad; la vuelve más compleja.

Esa complejidad, esa hibridez, también atraviesa la obra del congoleño Alain Mabanckou. Entre África y Francia, sus textos celebran la mezcla de registros, acentos y culturas. Lejos de la nostalgia por una pureza perdida, propone una identidad móvil, mestiza, casi musical. Como escribe en El mundo es mi lenguaje (2016): «No tengo una identidad, tengo varias». La pertenencia deja de ser una raíz única y se parece más a un rizoma que crece en varias direcciones.

Quizá ahí reside una idea clave sobre la que reflexionar: la migración no es solo pérdida, es también invención cultural.

Durante siglos se nos ha enseñado a pensar la pureza como un valor. Lenguas puras, tradiciones puras, naciones puras. Pero la historia humana desmiente esa fantasía. Todo lo vivo es mezcla. Las palabras viajan. Las músicas se contaminan. Las cocinas se transforman. Lo que llamamos identidad siempre ha sido resultado de intercambios.

Me viene en mente la poeta somalí-británica Warsan Shire, cuando escribe en su poema Home (2011) que «nadie deja su hogar a menos que su hogar sea la boca de un tiburón». La frase condensa el dolor del exilio forzado. Nadie migra por capricho. Pero incluso desde ese dolor, la escritura se convierte en refugio, en casa portátil. La literatura como patria simbólica.

También el premio Nobel de literatura Abdulrazak Gurnah ha mostrado cómo el desplazamiento marca la memoria. Sus novelas no idealizan ni el origen ni el destino. El hogar es ambiguo. Volver no significa recuperar intacto lo que se fue. Como apunta en A orillas del mar (2001): «La memoria era todo lo que teníamos, y ni siquiera eso era fiable». El pasado también se reescribe.

Por su parte, la ensayista maliense Aminata Dramane Traoré ha insistido en que la migración africana contemporánea no puede entenderse como una suma de decisiones individuales, sino como el resultado de un orden global profundamente desigual. En África humillada (2008), denuncia que África ha sido «puesta al margen» de las decisiones que determinan su propio destino, y resume esa asimetría con una idea contundente: «la libre circulación de bienes y capitales se opone a la inmovilidad de las personas». Desde esa perspectiva, el viaje no comienza en el deseo, sino en la falta de alternativas. La travesía hacia Europa deja de ser una promesa de éxito para revelarse como el síntoma de un desequilibrio estructural, donde unos territorios se enriquecen mientras otros ven partir a sus jóvenes.

Al mismo tiempo, Traoré advierte que la violencia de este sistema no es solo material, sino también simbólica. En El cerco. África en un mundo sin fronteras (1999), critica la forma en que el discurso dominante despoja a África de su capacidad de narrarse, reduciéndola a carencia o problema. De ahí su insistencia en recuperar la dignidad y la palabra propia: «no podemos aceptar que otros piensen y decidan por nosotros». En ese gesto hay una forma de resistencia: rehusar el relato único, cuestionar las categorías impuestas y devolver complejidad a las vidas migrantes. Así, la migración deja de ser solo desplazamiento y se convierte también en un campo de disputa por el sentido, la memoria y la voz.

Quizá eso sea lo que comparten todas estas voces: la certeza de que la identidad no es un objeto que se conserva intacto, sino un proceso.

Un proceso a veces doloroso. Se pierde la lengua materna o se transforma. Se pierde el reconocimiento automático. Se pierde la comodidad de ser «de aquí». Pero al mismo tiempo se gana perspectiva. Se aprende a traducirse. Y traducirse es una forma profunda de conocimiento.

Tal vez por eso las literaturas más vibrantes de nuestro tiempo están atravesadas por voces migrantes. Porque quien vive entre lenguas desarrolla una sensibilidad especial hacia los matices, hacia las grietas del discurso dominante. El migrante sabe que toda pertenencia es frágil. Y esa conciencia produce una escritura más atenta, más humana.

Desde esta perspectiva, la frontera deja de ser solo un límite político y se convierte en un laboratorio cultural.

Las ciudades contemporáneas —Bamako, Dakar, Lagos, París, Madrid— son archipiélagos de historias cruzadas. La pregunta no es si esa mezcla ocurrirá. Ya está ocurriendo. La pregunta es cómo la narramos: ¿como amenaza o como posibilidad?

La literatura puede intervenir ahí. Puede devolver complejidad a los relatos simplistas. Puede recordarnos que detrás de la palabra «migrante» hay biografías, talentos, sueños. Puede devolver dignidad.

Si hoy hablamos de «nuevas pertenencias», quizá no deberíamos imaginar un reemplazo —dejar un lugar por otro—, sino una ampliación. No pertenecer menos, sino pertenecer a más. Ser de varios sitios a la vez. Llevar varias lenguas en la boca. Construir una identidad que no se defina por la exclusión, sino por la relación.

Tal vez el hogar no sea un punto fijo en el mapa, sino la red de vínculos que tejemos mientras nos movemos. Y quizá la literatura, al contarlo, convierta la travesía en memoria compartida. Porque, al final, escribir también es migrar: salir de uno mismo para encontrarse en la voz del otro.

Texto escrito por Chema Caballero para mesa redonda de la Rentrée Littéraire du Mali.

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