El duelo ambiguo de la migración

Migración marítima © Adobe Stock
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Sara Rebollo Ramírez

Sara Rebollo Ramírez

Mariama lleva más de dos años esperando. Esperando una respuesta. Esperando a que aparezca el cuerpo de su hijo Mansour, pescador de tan solo 15 años que, una noche de octubre de 2023, se subió a una patera desde la costa senegalesa rumbo a Canarias. Más de dos años -con sus días y sus noches- intentando seguir con su vida arrastrando el peso insoportable de la incertidumbre: ¿vive aún su hijo, en alguna parte del mundo, o no?

¿Cómo seguir adelante cuando desaparece una de las personas más importantes de tu vida sin explicación ni despedida?

Desgraciadamente, son millones las personas que viven una situación similar de duelo ambiguo. Familiares que se quedan en tierra firme esperando una noticia, una pista o, más bien, una confirmación.

Cada día, cientos de hombres y mujeres en situación de movilidad ven frustrado su sueño migratorio. Un sueño que, en muchos casos, acaba teñido de dolor y sufrimiento para las familias que quedan atrás. En la mente de quienes deciden arriesgar sus vidas para mejorar la de otros, España, Italia o Grecia resuenan como “El Dorado”: la promesa de una vida mejor. Una esperanza que nace de la falta de medios para alimentar a la familia tres veces al día, de la imposibilidad de costear medicamentos, de no poder acceder a una formación o, incluso, de no encontrar un empleo digno pese a tener estudios.

Sea cual sea el motivo -un naufragio, una enfermedad, o las alucinaciones provocadas por la deshidratación durante la travesía-, muchas vidas se desvanecen en el mar o en el desierto del Sáhara, es decir, en el olvido. Sin nombre, sin tumba, sin una despedida. En complicidad con ese vasto mar y esas dunas áridas que han sido testigos de tantas últimas palabras, plegarias y silencios.

En 2024, la ruta atlántica que conecta África Occidental con las islas Canarias -una de las más peligrosas del mundo- registró 10.457 víctimas, entre fallecidos y desaparecidos. Además, se documentaron 131 embarcaciones que se perdieron con todas las personas a bordo. Cifras que reflejan no solo la magnitud de la tragedia, sino también la dificultad de mantener registros precisos.

¿Quién llora a los desaparecidos cuando el mundo solo mira y cuenta a los que llegan?

Existe una profunda soledad entre quienes esperan. Una soledad que se agrava ante la falta de dispositivos institucionales que ofrezcan acompañamiento, información o, al menos, una palabra de consuelo. Son muy pocas las organizaciones que ponen su mirada en las personas desaparecidas y en sus familiares, tratando de crear una línea de investigación que conecte los datos de ambas orillas: país de origen y país de destino o tránsito. Todo esto, ni más ni menos, para poder facilitar el duelo y permitir que muchas personas puedan continuar sus vidas. Mientras tanto, las organizaciones gubernamentales y la mayoría de las ONG centran sus esfuerzos y recursos en retener a las personas vivas que llegan o en frenar la migración mediante vallas y otros tipos de armas. De este modo, las familias de los desaparecidos quedan relegadas a la sombra y sumidas en un silencio institucional, atrapadas en una espera constante, sin cierre y que nunca termina de concretarse.

Por suerte, hoy en día, la fe inquebrantable que se vive en muchos países africanos -tanto en la religión católica como en la musulmana- ayuda a poblaciones enteras a superar situaciones tremendamente dolorosas que, en Occidente, quizá no podríamos afrontar solos. Entre ellas, por ejemplo, a luchar por sobrevivir al “dolor del no saber”. Aun así, en muchos casos, sigue siendo imprescindible una atención psicosocial especializada. Pero ¿quién puede brindar este apoyo a familiares en situación de pobreza o vulnerabilidad y, más aún, en países en los que la psicología no está tan desarrollada ni tan bien vista como en Occidente?

La mayoría de estas familias carece de los recursos necesarios para acceder a terapias o acompañamiento profesional que les permita atravesar o gestionar este dolor. La ausencia de apoyo psicosocial convierte el sufrimiento en un peso solitario, y cada noticia pendiente o cada silencio prolongado se convierte en una herida que se va acumulando con el tiempo, sin ser curada. Sin un sistema que reconozca y atienda este duelo, miles de personas quedan sometidas a la incertidumbre, enfrentando una tragedia que el mundo apenas visibiliza.

Y es que Mariama no puede dejar de pensar que su hijo podría seguir con vida. Ve señales en todas partes, pequeños indicios que le dicen que volverá algún día, que debe ser fuerte. que le indican que su hijo volverá algún día, que sea fuerte. A veces -cuenta- recibe llamadas con prefijo +213 (desde Argelia), pero al otro lado no se escucha nada. Cree que es su hijo intentando comunicarse con ella, aunque de momento, sin éxito. Cada día sigue sintiendo ese dolor en el pecho cuando algo, cualquier cosa, le recuerda a su primogénito. Y es que, además, carga también con el peso de la culpa porque sabe que su hijo arriesgó su vida, principalmente, por ella. Las madres son, en la mayoría de los casos, el denominador común de los jóvenes que se aventuran en la tan soñada travesía de la migración hacia el norte. Madres que esperan, rezan o culpan al mar o a la ruta, en general, por haberle arrebatado lo que más quería.

Porque detrás de cada cifra, hay una madre como Mariama, que sigue mirando al horizonte, esperando un retorno que tal vez nunca llegue.

Este sufrimiento se agrava en el caso de las madres, las mayores sufridoras dentro del grupo de familiares de desaparecidos. Pueden incluso llegar a ser culpadas o estigmatizadas. ¿Por qué? ¿A quién se le ocurriría? Porque la gran mayoría de los jóvenes asumen el riesgo de embarcarse en una patera principalmente para ayudar a sus madres. Ellas suelen ser el denominador común en estas historias: a veces son, incluso, quienes facilitan parte del dinero necesario. Sin embargo, otras veces, desconocen por completo los planes de sus hijos, enfrentándose, después, al dolor de la incertidumbre y a la incomprensión de la comunidad.

¿Y qué pasa con los huérfanos y las huérfanas de la migración? ¿Quién se ocupa de brindarles el apoyo psicosocial que les ayude, al menos, a comprender la situación?

Artículo de Sara Rebollo.

Este artículo ha sido financiado con cargo al proyecto “COMPASS” (1/MAC/4/7.2/0018), aprobado en el marco del programa de  cooperación territorial INTERREG VI D MADEIRA-AZORESCANARIAS, MAC 2021-2027, cofinanciado en un 85% con fondos FEDER) 

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