África en el aula: lo que le faltó a mi formación

Algunas de las publicaciones que se pueden encontrar en Casa África. Imagen: © Casa África

La educación no es solo transmitir conocimientos, también moldea la forma en que entendemos el mundo y creamos nuestra identidad. Desde que somos pequeños, en el colegio aprendemos sobre la historia, la geografía y las figuras clave de Europa, América o Asia. Sin embargo, África, considerada la cuna de la humanidad, ocupa un lugar mucho más marginal en muchos sistemas educativos. Esta ausencia no es casual y tiene consecuencias tanto en la forma en la que entendemos el mundo como en la construcción de la identidad.

En muchas aulas, África aparece de forma limitada y, con frecuencia, asociada a imágenes de pobreza, conflictos o ayuda humanitaria. Esta representación parcial contribuye a consolidar estereotipos y deja en un segundo plano la enorme diversidad de un continente formado por 54 países, miles de lenguas y una riqueza histórica, cultural, científica y artística magnífica. Reducir África a una única narrativa no solo simplifica la realidad, sino que también impide comprender su papel fundamental en la historia de la humanidad y en el mundo contemporáneo.

Este desequilibrio tiene un origen histórico. Durante siglos, el conocimiento escolar se ha construido desde una perspectiva predominantemente europea, situando a Europa como eje del progreso político, económico y científico. Como consecuencia, las civilizaciones africanas, sus formas de conocimiento y sus aportaciones al desarrollo de la humanidad han ocupado un lugar secundario en numerosos currículos. Autores como Valentin-Yves Mudimbe, en La invención de África, explican cómo gran parte del conocimiento sobre el continente fue construido desde categorías occidentales, condicionando la manera en que África ha sido estudiada y representada durante décadas.

No se trata de sustituir una visión eurocéntrica por otra centrada exclusivamente en África. El objetivo debería ser construir una enseñanza más equilibrada, en la que todas las regiones del mundo sean estudiadas de acuerdo con su relevancia histórica y cultural. Conocer la historia de África no resta importancia a la historia de Europa o de otras civilizaciones; al contrario, permite comprender mejor la evolución de la humanidad en su conjunto. Una educación más completa no busca reemplazar unos contenidos por otros, sino ampliar las perspectivas y favorecer una comprensión más crítica y global del mundo.

La escuela desempeña un papel decisivo en este proceso. Cuando un currículo apenas muestra la historia, las culturas o las aportaciones de un continente, limita la capacidad del alumnado para comprender la complejidad del mundo. Pero también afecta a quienes pertenecen a ese continente o tienen raíces en él. Crecer sin conocer la propia historia o sin encontrar referentes culturales cercanos puede dificultar la construcción de una identidad sólida y generar la sensación de que unas culturas tienen más valor que otras.

En mi caso, durante mi etapa escolar, precisamente en el colegio español de Bata (Guinea Ecuatorial), apenas tuve la oportunidad de conocer la historia, las culturas y las aportaciones del continente africano más allá de referencias muy generales. Del mismo modo, las lenguas maternas no formaban parte del aprendizaje ni se utilizaban como vehículo para transmitir conocimiento. Cuando una lengua queda relegada al ámbito familiar y desaparece del espacio educativo, puede transmitirse, aunque sea de forma implícita, la idea de que posee un menor valor académico o cultural y eso dificulta la construcción de una identidad sólida. Saber de dónde venimos influye directamente en cómo nos percibimos a nosotros mismos. Crecer en un entorno educativo donde predominan referencias externas puede generar inseguridad, falta de referentes y la sensación de que algunas voces tienen más valor que otras. Con el tiempo comprendí que esta realidad no respondía únicamente a una experiencia personal, sino que formaba parte de un fenómeno mucho más amplio relacionado con la herencia colonial y con la manera en que históricamente se ha construido el conocimiento.

Esta realidad también invita a reflexionar sobre el modelo educativo presente en algunos contextos. Más allá de los contenidos que se enseñan, la educación también transmite una determinada forma de relacionarse con el conocimiento, la autoridad y el pensamiento crítico. En ocasiones, predominan modelos muy jerárquicos en los que se prioriza la obediencia, la memorización y el respeto entendido como sumisión, dejando poco espacio para el diálogo, el cuestionamiento o la creatividad. Diversos especialistas han señalado que algunas de estas dinámicas responden a estructuras educativas heredadas del periodo colonial y que sus efectos pueden extenderse más allá de la escuela, influyendo en la forma en que las personas participan en la sociedad, expresan sus ideas o desarrollan iniciativas propias. Educar no debería consistir únicamente en formar personas que obedezcan, sino también ciudadanos capaces de pensar, dialogar y contribuir activamente a la transformación de sus comunidades.

Esta reflexión conecta con las ideas de Ngũgĩ wa Thiong’o, quien defendía que la descolonización no comienza únicamente con la independencia política, sino también con la recuperación de las lenguas, las culturas y las formas africanas de producir conocimiento. En su ensayo Descolonizar la mente, sostiene que mientras el conocimiento occidental continúe presentándose como el único modelo universal y las lenguas africanas permanezcan relegadas a un segundo plano, la descolonización seguirá siendo incompleta. La cuestión no consiste en rechazar el conocimiento global, sino en construir una educación capaz de dialogar con él desde una posición de igualdad y autoestima cultural.

La necesidad de replantear la forma en que se produce y se transmite el conocimiento sobre África también ha sido señalada por organismos internacionales. En 2025, la UNESCO defendió la necesidad de transformar los ecosistemas de conocimiento e investigación del continente, argumentando que todavía existen importantes desequilibrios históricos. Según este organismo, África genera únicamente alrededor del 1 % de la investigación científica mundial y África subsahariana cuenta con 90 investigadores por cada millón de habitantes, frente a una media mundial de 1420 y 4746 en Norteamérica y Europa Occidental. Asimismo, la inversión media en investigación y desarrollo representa solo el 0,59 % del PIB, frente al 1,79 % de la media mundial. Sin embargo, la propia UNESCO advierte de que estas cifras no reflejan toda la realidad, ya que dejan fuera una gran parte de los conocimientos indígenas y de los saberes producidos por las propias comunidades africanas. Por ello, propone un cambio de paradigma que reconozca el valor de las lenguas, las culturas y las formas de conocimiento africanas, fortaleciendo al mismo tiempo las instituciones de educación superior, la investigación y la cooperación científica dentro y fuera del continente.

Esta idea coincide con las reflexiones de numerosos intelectuales africanos. El psiquiatra y filósofo Frantz Fanon explicó que la descolonización no consistía únicamente en alcanzar la independencia política, sino también en liberarse de las estructuras de pensamiento heredadas del colonialismo. Décadas más tarde, el historiador Walter Rodney analizó cómo las relaciones coloniales condicionaron el desarrollo económico y educativo del continente, mientras que autores como Valentin-Yves Mudimbe mostraron que incluso la forma de estudiar África había sido construida, en gran medida, desde categorías occidentales. Todos ellos coinciden en una idea fundamental: comprender África exige escuchar también las voces africanas y reconocer que el conocimiento puede producirse desde múltiples perspectivas.

Afortunadamente, ya existen iniciativas que trabajan para transformar esta realidad. En España, el proyecto «Enseñar África», impulsado por Casa África en colaboración con la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, la Fundación Ramón Areces y el Gobierno de Canarias, nació con el objetivo de acercar el continente africano a las aulas mediante materiales didácticos, recursos para el profesorado y actividades educativas. El proyecto parte de una constatación sencilla: durante mucho tiempo, la imagen de África presente en los libros de texto ha sido incompleta y, en ocasiones, estereotipada. Frente a ello, propone enseñar el continente desde una perspectiva más amplia, mostrando su diversidad cultural, histórica, lingüística, económica y científica. Iniciativas como esta demuestran que es posible enriquecer los currículos sin sustituir unas historias por otras, sino incorporando aquellas que durante demasiado tiempo permanecieron en un segundo plano.

Más allá de los cambios en la educación formal, también es responsabilidad de cada uno ampliar su mirada. Con demasiada frecuencia se desconoce que en África se están desarrollando investigaciones científicas, proyectos tecnológicos, movimientos artísticos, iniciativas empresariales y una producción literaria de enorme calidad. Informarse sobre la actualidad del continente, seguir el trabajo de investigadores africanos o acercarse a sus escritores permite descubrir una realidad mucho más dinámica y compleja que la que habitualmente aparece en los medios de comunicación o en los materiales escolares.

Una excelente forma de comenzar este recorrido es a través de la literatura y el pensamiento africanos. Obras como Todo se desmorona, de Chinua Achebe, permiten comprender el impacto de la colonización desde una perspectiva africana. Los ensayos Los condenados de la tierra y Piel negra, máscaras blancas, de Frantz Fanon, siguen siendo fundamentales para entender las consecuencias del colonialismo sobre la identidad y las relaciones de poder. A ellas se suman Cómo Europa subdesarrolló África, de Walter Rodney; La invención de África, de Valentin-Yves Mudimbe; y Descolonizar la mente, de Ngũgĩ wa Thiong’o, una obra imprescindible para reflexionar sobre el papel de las lenguas en la educación y en la construcción de la identidad.

La literatura también ofrece una puerta de entrada privilegiada a la diversidad del continente. Novelas como Los trozos de madera de Dios, de Ousmane Sembène; La aventura ambigua, de Cheikh Hamidou Kane; La invención de las mujeres, de Oyèrónkẹ́ Oyěwùmí; o Tierra sonámbula, de Mia Couto, muestran distintas realidades históricas, sociales y culturales que raramente aparecen en los programas escolares. Leer estas obras no significa abandonar otras perspectivas, sino ampliarlas y comprender mejor la pluralidad de experiencias que conforman África.

En definitiva, incluir África de forma más completa en la educación no es solo una cuestión de representación o de justicia histórica. Es una oportunidad para construir una enseñanza más rigurosa, más equilibrada y más fiel a la complejidad del mundo. Conocer África no significa estudiar únicamente su pasado, sino reconocer también su presente y su futuro, así como las aportaciones que continúa realizando en ámbitos como la ciencia, la literatura, la filosofía o la innovación. Enseñar África es, en realidad, enseñar una parte esencial de la historia de la humanidad. Solo cuando el alumnado tenga acceso a una visión más amplia y diversa del continente será posible superar estereotipos, fortalecer la identidad de quienes durante demasiado tiempo no se han visto reflejados en los libros de texto y formar ciudadanos capaces de comprender el mundo desde una perspectiva verdaderamente global y crítica.

Artículo redactado por Lidia Mafue, estudiante en prácticas en Casa África (Área de Medios de Comunicación) y máster en Relaciones Internacionales y Comunicación en la Universidad Camilo José Cela.

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