Ciencia y solidaridad: Reflexiones ante un nuevo ciclo meteorológico

Mapa «Los efectos del cambio climático en África». Imagen: © Casa África / EOM

José Segura Clavell

Director general

El momento es crítico para la evaluación del impacto del calentamiento del Pacífico en nuestro entorno africano y nuestra respuesta como sociedad

Hoy les escribo sobre una realidad que creo que percibe cualquier persona canaria que se asoma al océano que nos rodea desde la plataforma de las islas, un lugar privilegiado en el que me parece evidente afirmar que la naturaleza no es un enemigo al que temer y contra el que luchar, sino un sistema complejo que debemos analizar, con rigor y serenidad, y comprender para poder ajustarnos a sus ciclos y leyes.

Especialmente hoy, cuando los datos que nos proporcionan organismos como la ONU, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos o la Organización Meteorológica Mundial (OMM), entre otros, nos enfrentan a un escenario que puede ser preocupante y que, en cualquier caso, sí que tiene una gran relevancia científica: la formación oficial de un nuevo episodio de «El Niño» en el Pacífico ecuatorial.

Este fenómeno, que consiste en un calentamiento de las aguas del Pacífico tropical, no es una novedad para quienes hemos seguido de cerca la evolución climatológica de nuestro planeta: es un patrón natural que ocurre en intervalos de entre dos y siete años. Sin embargo, la actual coyuntura presenta matices que requieren un análisis sosegado, preciso y profundo, puesto que no estamos ante un episodio ordinario. Las previsiones indican una probabilidad del 90 % de que este fenómeno se prolongue hasta finales de año y, lo que es más significativo, existe un 63 % de probabilidades de que se convierta en lo que algunos ya denominan un «Súper El Niño», pronóstico basado en experiencias anteriores englobadas en la terminología «El Niño». Se prevén, por ejemplo, temperaturas que podrían superar en más de 2 grados centígrados la media habitual.

Ante esta realidad, creo fundamental mirar más allá del dato aislado. «El Niño» actual no opera en el vacío, sino en un planeta que ya ha experimentado décadas de calentamiento inducido por la actividad humana. Esta combinación es la que realmente debe llamar nuestra atención y movernos a la acción. Hemos visto cómo 2024 se convirtió en el año más cálido registrado, impulsado en gran medida por la coincidencia del calentamiento global y este fenómeno oceánico. Existen antecedentes, así que no hay excusa para no analizar patrones y datos y adelantarnos a lo que puede suceder en esta ocasión.

Los modelos informáticos actuales, cuya precisión ha evolucionado de forma extraordinaria, muestran una certeza inusual sobre la intensidad de lo que está por venir. Algunos centros de investigación europeos y estadounidenses sugieren que las anomalías en el Pacífico podrían alcanzar incluso los 3 grados centígrados por encima de lo normal para finales de año. Esta liberación de «energía brutal» hacia la atmósfera tiene una huella que viaja mucho más allá de su origen, alterando los suministros de agua, energía y alimentos a escala global. Por esta razón y desde nuestra posición privilegiada en Canarias, nuestra mirada debe dirigirse con especial atención hacia el este. África, un continente con el que compartimos vínculos históricos y geográficos, se encuentra en una situación de especial vulnerabilidad ante estas oscilaciones climáticas.          

Conviene, además, evitar visiones simplificadoras sobre el continente africano. África es inmensa y profundamente diversa, también desde el punto de vista climático. Mientras algunas regiones afrontan sequías prolongadas, otras experimentan episodios de lluvias intensas e inundaciones, a menudo en periodos muy próximos o incluso simultáneos. Esta complejidad exige respuestas diferenciadas y un conocimiento profundo de cada contexto local. En Casa África hemos abordado esta realidad a través de distintas actividades, encuentros y programas que ponen el foco en los retos climáticos del continente, promoviendo el diálogo entre expertos, instituciones y sociedad civil, y contribuyendo a una comprensión más matizada y exacta de estos fenómenos.

Todo esto que les cuento es especialmente pertinente en este momento: la huella de «El Niño» en África es, como no podría ser de otra forma, compleja. Por un lado, en el Cuerno de África, se prevén lluvias torrenciales e inundaciones que pueden afectar gravemente a comunidades que ya han sido castigadas por la inestabilidad climática reciente, con un corolario de desplazamientos provocados por la destrucción de las viviendas, las cosechas y los medios de vida. Por otro lado, en el sur del continente, la amenaza suele ser la sequía, aunque repito que la diversidad, inmensidad y variedad de patrones y circunstancias tengan que tomarse en cuenta en cada contexto específico.

En cualquier caso, lo que aquí escribo no son meros pronósticos: para millones de personas en países como Zambia o Etiopía, los vaivenes climatológicos se traducen en desafíos muy reales para la agricultura, el sustento básico y la estabilidad de los precios de los alimentos. En desafíos cruciales para la vida. Como bien ha señalado Mohamed Adow, de Power Shift Africa, para muchas familias se trata de un impacto directo y real no solo en su vida cotidiana, sino en su capacidad de resiliencia y su futuro.

Es fundamental, por tanto, que no veamos estos procesos como inevitables, sino como escenarios para los que podemos y debemos prepararnos. La ciencia nos permite hoy predecir con meses de antelación lo que antes era una sorpresa catastrófica. Por tanto, mi tono en la columna de hoy no es de alarma, sino de una firme reivindicación basada en la responsabilidad.

Soy de los que defiende que la madurez de una sociedad se mide por su capacidad de proteger a los más vulnerables y de ser previsores, de otear el horizonte a largo plazo. La tecnología actual nos ofrece herramientas valiosas, como los sistemas de alerta temprana que defiendo desde hace años. Actualmente, 128 naciones ya cuentan con estos sistemas que salvan vidas al prevenir a los ciudadanos ante fenómenos extremos. Sin embargo, la meta debe ser la cobertura universal, especialmente en el continente africano, donde la amenaza tanto a las vidas en general como a la agricultura y la seguridad alimentaria es mayor. De hecho, ya he escrito anteriormente que el 60 % de los africanos no tiene acceso a sistemas de alerta temprana, la tasa más baja de cualquier región del mundo. Además, en los últimos 50 años, alrededor del 70 % de las muertes por desastres relacionados con el clima se ha producido en los 46 países más pobres del mundo. En esa lista, mayoritariamente aparecen países africanos.

Desearía, por tanto, reivindicar una mayor inversión en cooperación técnica y científica entre Canarias y los países de nuestro entorno africano. No se trata solo de asistencia, sino de compartir el conocimiento que hemos generado en nuestras universidades y centros de investigación y de cooperar juntos. Debemos devenir el espacio de colaboración científico-académica que facilite la transferencia de modelos de adaptación climática y gestión de recursos hídricos. Asimismo, debemos atender las recomendaciones de voces internacionales como las del secretario general de la ONU, António Guterres, y la secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, quienes instan a acelerar la transición hacia energías renovables y a abandonar la dependencia de los combustibles fósiles. Esta es la única respuesta eficaz a largo plazo ante una crisis climática que potencia los efectos naturales de «El Niño».

En nuestras islas, los efectos de «El Niño» serán presumiblemente más moderados, aunque no por ello debemos ignorarlos. Se espera que, en los próximos años, se registren temperaturas elevadas e inviernos posiblemente más cálidos. En la Península Ibérica, se observa que la relación entre «El Niño» y el clima mediterráneo se ha vuelto más predecible debido al calentamiento global, con una tendencia hacia inviernos más húmedos en el futuro. Sin embargo, reitero que nuestra mayor preocupación no debe ser solo el termómetro local, sino el legado que estamos dejando en herencia al planeta y a los que vienen después. La educación y la ciencia son las bases de la esperanza. A pesar de la magnitud de los datos, confío plenamente en la capacidad humana para adaptarse y corregir el rumbo mediante la innovación y la solidaridad internacional.

Al cerrar este artículo, creo fundamental recordar que el conocimiento sin empatía es estéril. Este «Súper El Niño» es un desafío vital, pero es, sobre todo, una prueba de nuestra humanidad. África nos necesita como socios estables y previsores, como compañeros que reman en la misma dirección ante desafíos comunes. Canarias tiene la experiencia y la ubicación estratégica para liderar esta respuesta solidaria en el Atlántico. Todavía estamos a tiempo de fortalecer nuestras redes de seguridad y de asegurar que el desarrollo de nuestros vecinos no se vea truncado por un fenómeno que la ciencia ya nos permite anticipar. Ellos tampoco están de brazos cruzados, esperando el desastre: también acumulan conocimientos y experiencia por su parte y se enfrentan a estas cuestiones desde hace años.

La serenidad nace de la preparación y el objetivo debe ser la justicia climática. Sigamos trabajando para que el conocimiento sea nuestra mejor defensa y la solidaridad nuestro valor más firme ante los cambios de este mundo interconectado. La naturaleza seguirá sus ciclos, pero nuestra respuesta debe ser siempre la de una sociedad consciente, culta y profundamente comprometida con la vida.

Artículo redactado por José Segura Clavell, director general de Casa África, y publicado en Kiosco InsularCanarias 7 y Diario de Avisos los días 12, 14 y 15 de junio de 2026.

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