El Mundial más africano de la historia

FIFA_World_Cup_Trophy_at_National_Football_Museum,_Manchester_02. Imagen: © Ank Kumar en Wikimedia Commons

Jaume Portell

Periodista

El Mundial de fútbol masculino, sin que haya rodado todavía el balón, resume la velocidad y la fragmentación de nuestro tiempo. Se celebrará en tres países -México, Estados Unidos y Canadá- que, cuando presentaron su candidatura conjunta, querían convertir el torneo en un símbolo de integración continental; y llegarán al evento atravesados por tensiones comerciales mucho más visibles que entonces.

La FIFA volverá a poner a prueba una costumbre contemporánea: la capacidad de separar durante un mes el espectáculo deportivo de los conflictos que lo rodean. Ocurrió en Qatar 2022, había ocurrido en Rusia 2018 y, en otro registro histórico, en Argentina 1978. Las críticas al país organizador tienden a perder volumen cuando empieza el torneo. En un contexto de endurecimiento en el discurso contra los migrantes y de polarización identitaria en buena parte de Occidente, Estados Unidos albergará un mundial con una presencia africana sin precedentes: diez selecciones de países del continente – cuyos aficionados no se podrán desplazar a Estados Unidos, en parte, por las restricciones de visados. El Mundial sintetiza la actualidad: la lucha entre el mundo que se resiste a perder una parte de su poder y otro mundo que, por su peso demográfico, exige ser reconocido y respetado.

La larga marcha del fútbol africano

La presencia de diez selecciones africanas en el Mundial –de un total de 48- es una victoria incontestable para dos hombres que no han vivido para verlo: el etíope Tessema Yidnekatchew y el ghanés Ohene Djan. Para los ingleses, 1966 es la fecha dorada en la que ganaron su único mundial de fútbol; para los países africanos, es el Mundial que nunca llegaron a jugar porque decidieron boicotearlo. De las 16 plazas disponibles, diez eran para países europeos, cuatro para selecciones de América Latina y una para América Central y el Caribe. La que quedaba se la debían disputar entre las selecciones de África, Asia y Oceanía. Ghana, bajo el liderazgo de Nkrumah, presentó una protesta en 1964, a la que se unió luego la federación etíope. Eran los años en los que cada vez más países africanos habían logrado la independencia, y el hecho de no tener una plaza garantizada para el continente fue considerado una humillación. El coste de disputar partidos contra rivales tan alejados geográficamente fue la gota que colmó el vaso. La Confederación Africana de Fútbol (CAF) –la primera organización panafricana del continente, creada seis años antes que la Organización para la Unidad Africana– mandó un telegrama a la FIFA. O tenían un representante garantizado o sus quince selecciones se retirarían de la competición. La FIFA rechazó su petición, pero en 1970 la CAF logró lo que quería: una plaza asegurada para una selección africana en la fase final del Mundial. Marruecos fue el primer beneficiario de ese cambio. Su clasificación incluyó un desempate ante Senegal disputado en terreno neutral, en Las Palmas de Gran Canaria. Los marroquíes sumaron un punto en la fase final y quedaron eliminados en la fase de grupos, pero habían abierto un camino que después seguirían Zaire en 1974 y Túnez en 1978. En 1982, en el Mundial de España, África ya contaría con dos plazas fijas.

La vuelta del Congo

Para esta edición, África tenía nueve plazas garantizadas y la posibilidad de conseguir una más si ganaban un play off intercontinental. Esta vía permitió a la República Democrática del Congo volver a un mundial medio siglo después. Su primera participación fue histórica: venían de ser campeones de África y eran el primer equipo del África negra en participar en un mundial. Eran los años dorados del dictador Mobutu Sese Seko, que había bautizado el país con el nombre de Zaire, y gobernaba una economía en crecimiento gracias a los precios altos de las materias primas que exportaba.

Los jugadores representaban el éxito de Zaire a escala mundial, pero cuando volvieron de la competición nadie les esperaba en el aeropuerto. Perdieron los tres partidos, los jugadores hicieron huelga protestando contra los impagos, encajaron doce goles y uno de los jugadores, Mwepu Ilunga, protagonizó una jugada insólita. Perdiendo 3-0 contra Brasil, salió de la barrera antes que un brasileño lanzara una falta y chutó el balón tan lejos como pudo. La prensa occidental consideró que los africanos no conocían las normas del fútbol. La realidad es que el jugador quería ser expulsado por el estrés que vivía el equipo: si perdían 4-0, no podrían volver a casa. La mayoría de los jugadores de Zaire acabó en el olvido, y algunos de ellos acabaron viviendo en la indigencia o la pobreza.

La vuelta del país a la competición, ahora con el nombre de República Democrática del Congo, representa un halo de esperanza en un territorio que sigue asediado. En el este, por un conflicto eterno azuzado por sus vecinos y grupos rebeldes locales, que se disputan los recursos naturales congoleños. Recientemente, un brote de ébola fue detectado en el país; algo que ha afectado incluso a la selección de fútbol en sus preparaciones para el Mundial: un alcalde español rechazó que el equipo pudiera jugar un amistoso en su municipio, temiendo un posible contagio. Ninguno de los 26 jugadores de la plantilla vive en el Congo y, de hecho, la inmensa mayoría del equipo ni siquiera nació en el país africano. Son hijos de la diáspora en Francia, Bélgica, Inglaterra y Suiza, pero no olvidan de donde vienen. El delantero Cedric Bakambu se ha expresado en varias ocasiones sobre la situación bélica en el Congo; y en la Copa de África de Costa de Marfil, en enero de 2024, aprovecharon su presencia en la semifinal de la competición para denunciar el silencio mundial ante la situación en el Congo. Cuando sonó el himno nacional, los jugadores se taparon la boca con una mano y se apuntaron a la cabeza con la mano como si esta fuera una pistola.

En la última Copa de África en Marruecos contaron con el apoyo de un aficionado, Michel Kuka Mboladinga, que hacía de estatua durante todo el partido vestido y caracterizado como Patrice Lumumba, el primer ministro del Congo independiente. Una de las incógnitas extradeportivas de este Mundial será ver si ‘Lumumba’ podrá viajar a Estados Unidos, el país que buscó su asesinato –que se acabó consumando el 17 de enero de 1961, medio año después de la independencia congoleña.

El mundial de la diáspora

Viendo las selecciones africanas uno puede leer los flujos migratorios de las últimas décadas, y los viajes de ida y vuelta que representa la existencia de la diáspora. Solamente una selección africana –Sudáfrica- cuenta con un plantel exclusivamente formado por jugadores nacidos en su territorio nacional. Egipto tiene a un jugador nacido en Francia. El resto de selecciones africanas están reforzadas, de forma estructural, por jugadores nacidos en otro país. En Cabo Verde, según comentaba el periodista Alasdair Howorth en The Guardian, hay más jugadores nacidos en Rotterdam, en los Países Bajos, que en Praia, la capital caboverdiana. El contingente de la diáspora representa a catorce de los veintiséis jugadores convocados, procedentes de Portugal, Francia, Países Bajos, Irlanda y los Estados Unidos. En Senegal juegan diez jugadores nacidos en Francia; en Costa de Marfil, ocho. En Marruecos, tres cuartos de la plantilla es nacida en el extranjero, con especial protagonismo para Francia y España. La competición será, hasta cierto punto, la muestra más clara de la creciente complejidad de los conceptos de ciudadanía, nacionalidad y representación en el siglo XXI.

En un mundo en crisis, y en un momento donde en Occidente se plantean grandes debates sobre esta cuestión, el Mundial pondrá encima de la mesa el peso de este fenómeno. Para horror de los que echan de menos y sueñan con recuperar sociedades más homogéneas; para la satisfacción de aquellos que afirman amar la riqueza de una sociedad multicultural. Sea como fuere, el fútbol será una simple muestra de algo que ya existe –y de lo que será difícil huir. Para las selecciones africanas, contar con la diáspora es un recurso que ha permitido aumentar rápidamente el nivel de sus equipos. De alguna manera han revertido la circulación que se aceleró a partir de los años 80: los jugadores más talentosos de África salen del continente antes de los 20 años para enrolarse en clubes europeos y, a partir de allí, escalar hasta la élite. Ahora, el flujo de la diáspora cambia esta lógica: son las federaciones africanas las que van a buscar a los jugadores nacidos y entrenados en países ricos para convencerles de jugar en el país de sus padres. Antes lo hacían cuando estos jugadores superaban los 25 años y veían que no eran convocados por su país de nacimiento. Ahora, lo hacen con chicos cada vez más jóvenes: en algunos casos, menores de 20 años, que apuestan por países donde se sienten más queridos.

El debate divide a Europa. En Francia, por ejemplo, la cuestión estalló en 2011 con la polémica sobre posibles cuotas étnicas en Clairefontaine, la academia de formación de la flor y la nata del fútbol francés. Quienes critican la captación africana sostienen que federaciones y clubes europeos financian la formación y luego pierden esos talentos que han contribuido a formar. Otros recuerdan el contexto histórico: colonialismo, desigualdad de infraestructuras y cadenas de valor que siguen trasladando la mayor parte del beneficio económico del mercado futbolístico hacia los países ricos.

Los datos del fútbol senegalés ilustran esa asimetría, señalada por el periodista Mazer Mezahi en un artículo reciente de Al Jazeera. De los 28 jugadores senegaleses que fueron a la última copa de África, 13 procedían de academias de fútbol senegalesas –la mayoría de ellas, con convenios con clubes europeos. Los traspasos de esos 13 jugadores generaron 100 000 euros a sus formadores en Senegal; los clubes europeos que los vendieron ingresaron 81 millones de euros. A lo largo de sus carreras, estos jugadores generaron traspasos por un valor de más de 400 millones de euros. Con este telón de fondo –y con una historia colonial nunca resuelta del todo-, Senegal se enfrentará a Francia en la primera jornada de la fase de grupos.

La ilusión de Cabo Verde; la exigencia de Marruecos y Senegal

De las diez selecciones africanas, la única debutante será Cabo Verde. Agrupada con España, Uruguay y Arabia Saudí, pocos esperan un gran mundial de este país de medio millón de habitantes. Sin embargo, este nuevo formato garantizará que los mejores terceros puedan pasar de grupo, con lo que ganar un partido puede ser suficiente para pasar a la siguiente ronda. Cabo Verde es un equipo experimentado, y sorprendió al continente africano llegando a los cuartos de final de la Copa de África de 2024. Solamente Sudáfrica, por penaltis, les apartó de las semifinales. Sin problemas para defenderse y plantear un bloque bajo, Cabo Verde busca sorprender a la contra. Su mejor jugador es un central, Logan Costa, en las filas del Villarreal, pero ha estado lesionado todo el año.

Si Cabo Verde llega con pocas obligaciones, Senegal y Marruecos tienen un nivel de exigencia cada vez más elevado. Los marroquíes llegaron a las semifinales del Mundial de Qatar en 2022, y son la selección africana que ha llegado más lejos en una cita de este tipo. En enero de este año organizaron la Copa de África, cuya final perdieron precisamente contra Senegal en la prórroga después de un final caótico. Tras apelar en los despachos, la Confederación Africana de Fútbol dio el título a Marruecos, pero Senegal se ha negado a entregar el trofeo físicamente a los marroquíes. La rivalidad se ha trasladado a cada partido que enfrenta a estos dos países, que luchan por la hegemonía continental en todos los frentes. En el Mundial, Marruecos se enfrentará a Brasil, Escocia y Haití. Los senegaleses, a Francia, Noruega e Irak. Para Senegal, será probablemente la última oportunidad de ver a su estrella Sadio Mané en un mundial, en la fase de madurez de una selección que ha disputado tres de las últimas cuatro finales de la Copa de África. Pape Thiaw, su seleccionador, ha declarado que su ambición es ganar el Mundial. Con todo, las participaciones de los Leones de la Teranga en los últimos dos mundiales han sido discretas.

El desafío marroquí es distinto: demostrar que Qatar no fue una excepción irrepetible, sino la consecuencia de una estrategia sostenida que combina inversión en infraestructuras deportivas y captación de talento de la diáspora. El reto de Marruecos tiene una fecha en el horizonte: el Mundial de 2030, del que será anfitriona junto a España y Portugal. Si este es el Mundial más africano hasta ahora, el siguiente pondrá a prueba si el continente puede convertir su potencia demográfica, cultural y futbolística en un puesto más dominante dentro del fútbol global. Estados Unidos es el ensayo general para la ambición futura de Marruecos: organizar el Mundial y ganarlo.

Artículo de Jaume Portell.

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