«How Africa Works», una mirada constructiva hacia el continente africano

Portada del libro «How África works», de Joe Studwell. Imagen: © Web de Amazon

Jaume Portell

Periodista

Quienes se interesen por el análisis económico deberían tener a Joe Studwell en su radar. La publicación en 2026 de su libro sobre el desarrollo económico en África fue, quizá, una de las novedades editoriales más estimulantes en este ámbito. Ya desde el título, How Africa Works, Studwell busca establecer un paralelismo con su obra más conocida, publicada hace trece años. How Asia Works detallaba los secretos del éxito de los llamados «tigres asiáticos». En un viaje que nos lleva por Corea del Sur, Japón y Taiwán, el autor explicaba cómo esos países lograron la prosperidad en pocas décadas y señalaba qué motivos impidieron una transición similar en otros territorios, con un énfasis especial en Filipinas y Tailandia. Durante ese recorrido, remarcaba cómo algunas políticas proscritas en los manuales de economía resultaron exitosas en el primer grupo de países. Medidas como una política industrial activa orientada a la exportación, el control y la regulación del sector financiero para que estimule ciertos sectores productivos o la redistribución de las tierras agrícolas en beneficio de los pequeños campesinos.

Aún hoy, pese al éxito de aquellos modelos asiáticos y al auge de China como potencia mundial, estas ideas siguen siendo menospreciadas cuando se habla de políticas públicas. Mencionarlas se considera una muestra de analfabetismo económico o de extremismo izquierdista, aunque los líderes que las aplicaron en Corea del Sur, Japón o Taiwán fueron, en general, nacionalistas y de derechas. En Corea del Sur, de hecho, gobernó un militar cercano a Washington durante los años que sentaron las bases del milagro económico del país. Si el general Park Chung Hee -que combatió en la guerra de Corea contra los comunistas y gobernó con mano de hierro entre 1961 y 1979- supiera que sus medidas son consideradas hoy «comunistas», se moriría del disgusto. Studwell reivindicaba la heterodoxia económica en sus análisis sobre Asia, y su libro sobre África se proponía un objetivo mucho más ambicioso: analizar un continente donde viven 1600 millones de personas y que representa el futuro del mundo.

En How Asia Works, el propio autor reconocía que el trabajo era más sencillo: consistía en explicar la historia de países que ya habían triunfado y las recetas comunes que aplicaron. En su libro sobre África, el reto era muy distinto: ningún país del continente ha alcanzado los niveles de riqueza de Japón, Corea del Sur o Taiwán. El británico considera que África se halla en una encrucijada: es ahora cuando sus indicadores demográficos empiezan a parecerse a los que algunos países asiáticos tenían en 1960.

Con una población cada vez más concentrada en grandes urbes y con niveles crecientes de educación, Studwell sostiene que los países africanos disponen de herramientas de las que carecían en el momento de su independencia. Las instituciones coloniales, centradas en la extracción económica, dejaron un escaso capital humano y unas infraestructuras deficientes. La llegada de la independencia no alteró esos factores, y durante muchos años los países africanos tuvieron que luchar simplemente por recuperar el terreno perdido. Con mercados pequeños y desarticulados, las políticas de industrialización fracasaron en muchos casos. El desmantelamiento de las políticas industriales y la marginación de los pequeños agricultores pusieron las bases de dos décadas perdidas tras los planes de ajuste estructural de los años ochenta.

How Africa Works se basa en el estudio y el viaje de Studwell por quince países del continente, de los que destaca cuatro por haber logrado avances económicos: Mauricio, Botsuana, Ruanda y Etiopía. Son cuatro realidades muy distintas, pero que sirven para mostrar que los cambios económicos no tienen por qué nacer de un modelo único aplicable a todo el mundo.

Botsuana, con una administración eficiente y la negociación de acuerdos con el gigante de los diamantes De Beers, pudo construir un cierto nivel de bienestar para su población a medida que la economía crecía. Ruanda, sin recursos y devastada tras el genocidio de 1994, se ha convertido en un centro logístico y financiero en el corazón del continente. Mauricio llegó a la independencia con un país dividido entre la comunidad india, los plantadores de azúcar franco-mauricianos y la población criolla -descendientes de los esclavos históricamente explotados por los amos de las plantaciones. Eran los ingredientes ideales para un conflicto político, pero la creación de partidos multiétnicos y las coaliciones entre ellos evitaron la catástrofe. Gracias a una política de estímulos basada en altos impuestos a la exportación de azúcar, el gobierno forzó a los capitalistas azucareros a invertir en el sector manufacturero -y acabó temporalmente con el desempleo.

En Etiopía, uno de los países más poblados de África, los gobernantes estudiaron obsesivamente las políticas exitosas de los «tigres asiáticos» y construyeron infraestructuras energéticas y parques industriales mientras mejoraban la logística y los transportes. El conflicto político, nacido de los desequilibrios en el reparto del poder en Addis Abeba, terminó en guerra civil entre 2020 y 2022. Para Studwell, este último aspecto ha sido una tragedia no solo para Etiopía, sino para el resto de África, ya que considera que este país del este africano contaba con los mimbres para convertirse en un ejemplo para el continente. Con todo, cree que sigue teniéndolos, gracias a una electricidad barata y competitiva procedente de la Gran Presa del Renacimiento Etíope. Studwell no pretende que estos países sean perfectos ni que ya hayan resuelto todos sus problemas: simplemente expone que, gracias a decisiones concretas sobre la política económica, pudieron mejorar su situación respecto a su punto de partida.

Aunque no es un asunto central en el libro, Studwell menciona uno de los elefantes en la habitación de la ayuda al desarrollo: los objetivos de desarrollo raramente cuentan con la aportación de los países ayudados. El autor británico añade que metas como acabar con el hambre, reducir la mortalidad infantil, empoderar a las mujeres o proteger el medio ambiente se establecieron pensando en una realización con poca intervención del Estado. «No había objetivos macroeconómicos, ni para la industria ni para la agricultura, que requirieran la presencia del gobierno central -algo que normalmente se considera que está en la base del desarrollo económico», zanja.

Tras el análisis de esos cuatro casos, Studwell se lanza a examinar las políticas agrícolas e industriales de otros países del continente. Es un repaso histórico que le lleva a hablar de la distribución de la tierra en Egipto, los fallidos polos industriales de Ghana o la flamante refinería de Aliko Dangote en Nigeria. A lo largo del libro, más allá de luces y sombras de ciertas decisiones económicas, el autor entrevista a numerosas personas que, con muchos factores en contra, trabajan cada día para lograr la industrialización de África. En un momento en que los recortes a la ayuda al desarrollo hacia el continente generan tantos titulares negativos, esta lectura ofrece una respuesta relativamente optimista: el futuro de África no está escrito; dependerá de las políticas que tomen los propios países africanos.

Artículo de Jaume Portell Caño.

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